Notas Programa 8, Temporada 2016

ADAM SCHOENBERG (1980)

Stars 

 

Una de las formas posibles de aproximarse a la esencia de la música del compositor estadunidense Adam Schoenberg es atender a lo que la prensa ha dicho de ella. Así, el New York Times afirma que sus obras están “llenas de misterio y sensualidad”, mientras que el diario Atlanta Journal-Constitution describe su música como “abierta, atrevida y optimista”.

 

A la cabeza de la página Web del compositor se encuentran estas palabras suyas:

 

Mi música viene directamente del corazón, y trata de ser bella e inspiradora, y simultáneamente retadora y satisfactoria.

 

Adam Schoenberg tiene una licenciatura por la Universidad de Oberlin, y la maestría y el doctorado por la Escuela Juilliard de Nueva York, donde estudió con John Corigliano y Robert Beaser. Desde muy temprano en su carrera, Schoenberg ha recibido importantes premios y distinciones, entre los que destacan la Beca MacDowell, el primer premio en el Festival Internacional de Música de Cámara para Metales, el Premio Morton Gould para Jóvenes Compositores, la Beca Charles Ives, el Premio Palmer- Dixon de Juilliard a la Composición más Destacada, y el premio Conozca al Compositor. En repetidas ocasiones, Adam Schoenberg ha manifestado su interés particular en la música para el cine, y afirma que uno de sus compositores favoritos es Thomas Newman, cuya música, indica Schoenberg, ha influido en sus propias composiciones. 

 

De hecho, Schoenberg ha dicho que sería feliz escribiendo una obra orquestal y una partitura cinematográfica al año, pero que las realidades prácticas lo han llevado por otro camino. Sin embargo, escribir para orquesta parece ser lo fundamental en su práctica creativa cotidiana, y su catálogo parece confirmarlo. En el rubro de obras para orquesta de este catálogo se encuentran Finding Rothko (2006), Up! (2010), American Symphony (2011), La Luna Azul (2012), Picture Studies (2012), Bounce (2013) y Canto (2014). 

 

A partir de la Temporada 2015-2016, Adam Schoenberg es el compositor residente de la Orquesta Sinfónica de Fort Worth, y está involucrado en diversos proyectos de colaboración con las orquestas sinfónicas de Charleston, Amarillo y Phoenix, así como la Orquesta de Cámara de Los Ángeles, la Orquesta de Cámara Kaleidoscope y la Orquesta Iris. En esa misma temporada, destacan estrenos y ejecuciones de sus obras por la Filarmónica de Nueva York, en el Kennedy Center y en la Biblioteca del Congreso. Y como complemento de estas actividades, el estreno absoluto de su obra sinfónica Stars, cuya composición termina en la primavera de 2016.

 

El compositor redacta y envía estas palabras sobre su nueva obra:

 

Stars fue encargada por Carlos Miguel Prieto y la Orquesta Sinfónica de Minería. Está concebida como un poema sinfónico moderno, y también sirve como pieza acompañante de una obra anterior mía, La Luna Azul. Stars está inspirada en diferentes constelaciones y está diseñada para capturar los patrones aleatorios que uno podría ver al navegar nuestro cielo nocturno. La pieza es de naturaleza abstracta y comienza en un espacio bastante delicado, antes de evolucionar hacia una pieza más rítmica y orientada hacia el movimiento. La orquestación se transforma a lo largo de toda la pieza, tratando de crear una percepción infinita de colores siempre cambiantes. La partitura de Stars está dedicada a Carlos Miguel Prieto.

 

Es interesante notar que mientras trabajaba en la composición de esta obra encargada por la Sinfónica de Minería, Adam Schoenberg utilizó para ella lo que en inglés se llama working title, es decir, un título provisional: Swirl, cuya traducción más cercana al castellano sería “remolino”. Con su título definitivo, Stars es estrenada el 20 de agosto de 2016 en la Ciudad de México por la Orquesta Sinfónica de Minería dirigida por Carlos Miguel Prieto.

 

SAMUEL BARBER (1910-1981)

Concierto para violín y orquesta op. 14

 

Por lo general, estamos acostumbrados a leer biografías de compositores que nos informan de grandes dramas familiares, problemas vocacionales, crisis profesionales y demás tragedias del más puro estilo romántico. Sin embargo, hay algunas excepciones que confirman la regla de que para ser un buen compositor hay que sufrir mucho. El caso del compositor estadunidense Samuel Barber es una de esas excepciones, tal y como lo informa Robert Sabin, uno de sus biógrafos, en estos términos:

 

Entre los compositores estadunidenses importantes de nuestro tiempo, Samuel Barber ha sido uno de los más afortunados. Nació en el seno de una familia próspera y culta, y su tía era la famosa contralto Louise Homer. Desde niño supo que quería dedicar su vida a la música, y se le permitió hacerlo sin necesidad de luchar. Tuvo maestros estupendos, y a una edad que era altamente impresionable visitó Europa y absorbió mucho de su belleza y su cultura tradicional, sin inhibir por ello su propio desarrollo creativo. Durante su vida, se atrevió a ser él mismo, no en el sentido de desafiar deliberadamente la tradición y seguir un camino revolucionario, sino en el sentido de permitirse evolucionar naturalmente.

 

Barber estudió el piano desde muy joven, y en el famoso Instituto Curtis de Filadelfia se graduó en piano, canto y composición. A los diez años compuso una breve ópera sobre un libreto escrito por el cocinero de la familia. Su principal guía en composición fue Rosario Scalero, quien presentó a Barber con un personaje que habría de ser fundamental en su desarrollo personal y profesional: el compositor de origen italiano Gian Carlo Menotti (1911-2007). Fue precisamente Menotti quien proporcionó a Barber el libreto para su primera ópera profesional, Vanessa, estrenada en 1958. En años subsecuentes, y siempre consciente de su propio entrenamiento como cantante, Barber compuso otras óperas, que no fueron recibidas por el público y la crítica con el reconocimiento que el compositor hubiera deseado. Barber compuso además algunas partituras para danza, varias obras corales, canciones con acompañamiento de piano y de orquesta, así como algunas interesantes obras orquestales, entre las que destacan la obertura Escuela para el escándalo, dos sinfonías, tres ensayos para orquesta y algunas obras para la escena. Su obra más famosa, sin duda, es el Adagio para cuerdas, originalmente el movimiento lento de su Cuarteto de cuerdas op. 11, y que existe también en versiones de Barber para coro y para ensamble de clarinetes. En el campo de la música concertante, quizá lo más interesante sea su Concierto de Capricornio, para flauta, oboe, trompeta y cuerdas. Además, Barber compuso sendos conciertos para los instrumentos más tradicionales: el Concierto para violonchelo, estrenado en 1946; el Concierto para piano, estrenado en 1962; y el Concierto para violín, ejecutado por primera vez en 1941.

 

El Concierto para violín de Samuel Barber tiene una historia muy interesante. La obra le fue encargada al compositor por un rico hombre de negocios de los Estados Unidos, quien quería el concierto para un joven violinista que era su protegido. Barber inició la composición del concierto en Suiza, la continuó en Francia y, al estallar la Segunda Guerra Mundial, tuvo que irse a los Estados Unidos a terminar la obra. Cuando estuvieron listos los dos primeros movimientos, Barber los mostró al joven violinista, quien declaró que eran demasiado fáciles y poco brillantes para su lucimiento. Ante esta reacción, Barber le aseguró al violinista que el último movimiento del concierto tendría suficiente material para el despliegue virtuosístico del joven músico. Sin embargo, cuando el último movimiento quedó listo, el caprichoso violinista declaró que era demasiado difícil para él. ¿En qué terminó, entonces, este embrollo musical? Sucedió que el rico patrocinador exigió que Barber le devolviera su dinero, pero el compositor ya se lo había gastado en Europa. Finalmente, cuando Barber demostró a través de otro violinista, Oscar Shumsky, que su Concierto para violín sí se podía tocar, el asunto llegó a un arreglo más o menos salomónico. Barber devolvió la mitad de los honorarios que le había pagado el veleidoso mecenas, y el joven y voluble violinista cedió al compositor los derechos de estreno de la obra. 

 

El Concierto para violín de Barber está construido (como casi toda su música) con mucha atención al elemento rítmico, en especial en los movimientos externos. En el primero, Barber utiliza un ritmo muy peculiar, de origen escocés, conocido como Scotch snap, que también es muy común en el lenguaje del jazz. En el último movimiento, el ritmo básico del moto perpetuo es establecido al inicio por los timbales, y retomado más tarde por el violín solista. En el ámbito de la orquestación, Barber propone una orquesta de dimensiones reducidas, con maderas y metales a dos, sin trombones, y con la interesante adición del piano al conjunto orquestal.

 

El Concierto para violín y orquesta de Samuel Barber fue estrenado el 7 de febrero de 1941 por el violinista Albert Spalding, acompañado por la Orquesta de Filadelfia dirigida por Eugene Ormandy.

 

BÉLA BARTÓK (1881-1945)

Concierto para orquesta

 

Es un hecho evidente que Béla Bartók pasó los últimos años de su vida en un triste estado de salud, y un peor estado financiero. Sobre lo que existen versiones contradictorias es sobre la reacción de la comunidad musical ante su situación. Hay quienes afirman que, además de la enfermedad y la privación, Bartók tuvo que soportar la indiferencia de sus colegas. Otras versiones, sin embargo, apuntan hacia el hecho de que muchos músicos notables hicieron todo lo posible por aliviar las penurias del compositor húngaro, quien aun en situaciones extremas se resistía a aceptar favores. Así pues, hacia 1943 Bartók se hallaba enfermo y sin dinero. Para aliviar un poco su precaria situación, Serge Koussevitzki le encargó una obra nueva, por la cual habría de pagarle mil dólares. Este encargo fue hecho a sugerencia de Joseph Szigeti y Fritz Reiner, y la idea era que Bartók compusiera una pieza a la memoria de Natalie Koussevitzki, la recientemente fallecida esposa del afamado director de orquesta. Resulta claro que el encargo surtió efecto casi inmediato: Bartók fue dado de alta del hospital en el que estaba internado y su salud mejoró notablemente. Entonces, revitalizado por el encargo, compuso el Concierto para orquesta entre el 15 de agosto y el 8 de octubre de 1943. Sobre algunas cuestiones de forma, contenido y sonoridad del Concierto para orquesta, he aquí las palabras del propio compositor:

 

El ambiente general del Concierto representa, aparte del jocoso segundo movimiento, una transición gradual entre la seriedad del primer movimiento y lo lúgubre del tercero, hasta la afirmación vital del último.

 

En este breve párrafo es posible detectar, quizá, la convicción de Bartók en el sentido de que el encargo de esta obra hizo mucho por prolongar su vida. En otra parte, el compositor comenta lo siguiente sobre su Concierto para orquesta:

 

El título de esta obra orquestal cuasisinfónica se explica por la tendencia a tratar instrumentos individuales o grupos de instrumentos en una forma solista o concertante. El tratamiento virtuosístico aparece, por ejemplo, en las secciones fugadas del desarrollo del primer movimiento (en los metales) o en los pasajes a modo de perpetuum mobile del tema principal del último movimiento y, especialmente, en el segundo movimiento, en el que parejas de instrumentos aparecen consecutivamente con brillantes pasajes.

 

Sin duda, Bartók hizo bien en destacar el asunto de las parejas del segundo movimiento, cuyo título original es Giuoco delle coppie, y que representa el mayor atractivo sonoro de la obra. En este movimiento el compositor plantea la entrada sucesiva de pares de fagotes, oboes, clarinetes, flautas y trompetas con sordinas, que tejen interesantes melodías en movimientos paralelos; lo más llamativo del asunto es que cada pareja de instrumentos trabaja ese discurso melódico paralelo en un intervalo distinto, con lo que Bartók logra efectos armónicos muy interesantes. En el cuarto movimiento, además de la afirmación vital a la que Bartók se refiere, se esconde un interesante asunto musicológico, que tiene que ver con el origen del tema principal. Algunos analistas dicen que el tema en cuestión es muy similar a uno de los temas de la Séptima sinfonía, Leningrado (1941), de Dmitri Shostakovich (1906-1975). Otros, sin embargo, afirman que el tema es una vieja tonada vienesa de cabaret que aparece citada en la partitura de la opereta La viuda alegre de Franz Lehár (1870-1948). 

 

Con la intención de aclarar este punto, Peter Bartók, hijo del compositor, afirmó que en realidad todo aquello era cierto: que el tema sí era una canción de cantina, que sí aparecía en la obra de Lehár, que sí había sido citada por Shostakovich, y que su padre conocía bien toda la historia musical de la melodía. Sea como fuere, si la intención de la cita fue la de homenajear a Shostakovich, esto no haría más que aumentar la estatura musical y humana de Bartók, a través de su reconocimiento a la grandeza de uno de sus más importantes contemporáneos.

 

El estreno del Concierto para orquesta estuvo a cargo de la Orquesta Sinfónica de Boston, dirigida por Koussevitzki, y se realizó el primero de diciembre de 1944 con un éxito completo. Poco después del triunfo de su Concierto para orquesta, Bartók recibió varios encargos más, pero la leucemia pudo más que el impulso creativo: el compositor murió el 26 de septiembre de 1945, menos de un año después del estreno de esta popular obra suya y sin poder terminar las obras que le habían sido encomendadas.

Juan Arturo Brennan