Programa 1

JOHN ADAMS  (1947)

 

The Chairman dances (‘El presidente baila’)

 

Es un hecho histórico incontrovertible del que, por cierto, muchos músicos, críticos e historiadores de han quejado, que sobre todo en sus inicios la ópera tuvo como característica principal la de tener como personajes principales a dioses, semidioses, héroes, emperadores, patricios y toda clase de gente del más elevado status. Fue necesario el paso de muchos años (y muchas óperas) para que los aficionados al género pudieran asistir a la representación de óperas pobladas por personajes más cercanos al mundo real, un poco más de carne y hueso. El verismo italiano hizo una sólida contribución en este sentido, y la ópera contemporánea suele abordar con más frecuencia historias que tienen que ver con protagonistas más cercanos a nuestra experiencia cotidiana. Así, al paso del tiempo, las tribulaciones de Wozzeck han sustituido a las preocupaciones de Orfeo, y las sórdidas peripecias de la vida de Lulú han tomado el sitio de las elevadas empresas de Brunhilda y valkirias que la acompañan. En este contexto de actualización dramática y democratización de los libretos, no deja de ser una aventura ciertamente temeraria el proponer una ópera en la que los personajes protagónicos son  Richard Nixon, Henry Kissinger y Mao Zedong (o Mao Tse Tung, como solíamos escribir antes de ser invadidos por los puristas de la transliteración).

En febrero de 1972, el grotesco, llorón y tramposo presidente de los Estados Unidos, Richard Milhous Nixon, dio un importante golpe diplomático al visitar la República Popular China, iniciando así una nueva fase en la distensión entre ambos países, la famosa política del détente, que no es más que un eufemismo para el añejo concepto del reparto que las grandes potencias hacen del mundo para su propio beneficio. Este importante momento de la historia y la política moderna es el eje narrativo de la fascinante ópera minimalista de John Adams titulada Nixon en China. La obra fue puesta en escena en junio de 1988 por la Ópera de Houston, y por una de esas extrañas coincidencias que ocurren cuando uno está cambiando canales televisivos como loco con el control remoto (este vicio se llama zapping), me encontré con la transmisión de la función, realizada por la red de televisión pública (PBS) de los Estados Unidos. Ver y oír ópera por televisión no es fácil, y menos aún si se trata de una ópera contemporánea y minimalista, pero recuerdo con claridad que esa transmisión de Nixon en China resultó una experiencia fascinante, de matices hipnóticos.

La ópera de Adams dedica cada uno de sus tres actos a explorar un día de la histórica visita de Nixon a Mao, a partir no sólo de importantes consideraciones geopolíticas, sino también a base de viñetas más íntimas trazadas sobre las complejas relaciones personales entre los protagonistas. En el tercer acto de la ópera asistimos a un enorme banquete en el Gran Salón del Pueblo en Beijing (sí, la misma ciudad que antes conocíamos como Pekín), ofrecido por Nixon y compañía al Gran Líder del pueblo chino. Durante el banquete, Mao y su esposa Jian Ching (la notoria lideresa de la Banda de los Cuatro) bailan un foxtrot seductor, decadente y... repetitivo. Es precisamente de esta escena de la ópera que surge el foxtrot para orquesta titulado The Chairman dances (‘El presidente baila’). Adaptado por Adams a partir de la música original de la ópera, este foxtrot le fue encargado por la Orquesta de Compositores Estadunidenses, y se estrenó bajo la batuta de Lukas Foss al frente de la Orquesta Sinfónica de Milwaukee el 31 de enero de 1986. En el prefacio a la partitura de The Chairman dances, el compositor ofrece esta descripción de la escena:

 

Madame Mao, alias Jian Ching, ha irrumpido en el banquete presidencial. Al principio, está parada en el lugar que más estorba a los meseros. Después de unos minutos, saca una caja de linternas de papel y las cuelga por todo el salón. Procede a quitarse la ropa y quedar vestida sólo con una ajustada malla, del cuello hasta los tobillos, abierta hasta la cadera. Ordena a la orquesta tocar y comienza a bailar sola. Mao comienza a excitarse. Finalmente, el presidente desciende de su retrato en la pared y comienzan a bailar juntos el foxtrot. Están de vuelta en la provincia de Hunan, la noche es cálida, están bailando al ritmo del gramófono...

 

Si se considera el tema de la ópera, la situación de la escena, las características de los personajes y el estilo musical de Adams, no es fácil imaginar qué clase de foxtrot se baila en este banquete operístico. Inconfundiblemente minimalista, inconfundiblemente bailable, The Chairman dances es una pieza inteligentemente construida, en la que el compositor combina sabiamente las melancólicas sonoridades del music-hall con elementos formales y de orquestación más típicos de la música de concierto. Por la relación que guardan con los primeros párrafos de este texto, cito estas palabras de Adams respecto a The Chairman dances, dichas el día del estreno:

 

Los mitos de nuestro tiempo no con Cupido, Psyché, Orfeo o Ulises, sino personajes como Mao y Nixon.

 

Es posible que The Chairman dances no sea precisamente el foxtrot que usted querría bailar en su aniversario de bodas, pero ciertamente es una pieza atractiva y con un alto poder de sugestión y sensualidad. 

 

 

MANUEL DE FALLA  (1876-1946)

 

El sombrero de tres picos

            Introducción – Atardecer

            Procesión

            Danza de la molinera – Fandango

            El corregidor

            La molinera

            Las uvas

            Danza del vecino – Seguidillas

            Danza del molinero – Farruca

            Arresto del molinero

            Danza del corregidor

            Danza final - Jota

 

En marzo de 1833 nació en Guadix, provincia de Granada, España, Pedro Antonio de Alarcón, personaje que con el paso del tiempo habría de convertirse en un famoso escritor. Hacia 1857 su reputación como poeta y periodista estaba bien establecida, pero en ese año su obra teatral El hijo pródigo fue silbada por el público y Alarcón decidió hacer una pausa en su agitada carrera de escritor. Para descansar del público y sus rechiflas, se alistó como voluntario para luchar en la campaña de Marruecos en 1859-60. De esta experiencia obtuvo material para su interesante Diario de un testigo de la guerra en África. A su regreso a España Alarcón retomó la carrera de periodista y se afilió a la causa liberal, pero al paso de los años los vaivenes ideológicos arruinaron su carrera política. Como novelista, Alarcón creó obras importantes como El final de Norma, El escándalo, El niño de la bola y La pródiga. El estilo vívido y pintoresco de la prosa de Alarcón suele hallar de vez en cuando el obstáculo de la retórica excesiva, característica del romanticismo literario español. Pedro Antonio de Alarcón murió en Valdemoro, cerca de Madrid, en 1891, y hasta la fecha se le recuerda principalmente por su novela El sombrero de tres picos, sobre la cual Manuel de Falla habría de crear una de sus mejores obras musicales.

Después de haber escuchado la evocativa partitura de Noches en los jardines de España, el empresario ruso Serge Diaghilev sugirió a Falla la idea de hacer un ballet sobre la obra. Sin embargo, el compositor respondió con una propuesta alternativa: escribir una partitura especial para el proyecto escénico de Diaghilev. Atraído desde tiempo atrás por la novela de Alarcón, Falla encargó el libreto del ballet a Gregorio Martínez Sierra. La obra, concebida originalmente como una pantomima, llevó por título provisional El Corregidor y la molinera, pero cuando Falla y Martínez Sierra transformaron su trabajo en un ballet, se tomó la decisión de respetar el título original de la novela de Alarcón. En este proceso de transformación, Falla convirtió el pequeño grupo de cámara original en orquesta sinfónica y añadió algunas piezas que no estaban en la partitura de la pantomima. El libreto del ballet, muy apegado al original literario, nos pinta a un magistrado gruñón y prepotente, el Corregidor, que además se las da de galán y seductor, en sus afanes por lograr los favores de la bella esposa del molinero. Sin embargo, sus esfuerzos son frustrados por la acción concertada de los demás personajes de la obra. Después de que la bella molinera baila una sensual danza con un racimo de uvas para tentar al Corregidor, el molinero y los vecinos realizan sus propias danzas y, como conclusión de una serie de escenas muy divertidas, el Corregidor es arrojado al río, donde se le bajan los humos y se enfría su ardor.

La música de El sombrero de tres picos fue estrenada en el Teatro Eslava de Madrid el 7 de abril de 1917, y como ballet, la partitura de Falla fue bailada por primera vez en el Teatro Alhambra de Londres el 22 de julio de 1919, bajo la dirección de Ernest Ansermet. Como fue el caso con los ballets de Stravinski, El sombrero de tres picos fue dado a conocer por una verdadera constelación de estrellas. Los diseños fueron realizados por Pablo Picasso, la coreografía fue de Leonid Massine y los papeles principales del ballet fueron bailados por el propio Massine y Tamara Karsavina. El estreno del ballet El sombrero de tres picos fue muy exitoso y la compañía de Diaghilev llevó el ballet a Madrid, a París y a Berlín, ciudades en las que fue bien recibido por el público y por la crítica. De la partitura del ballet, Falla extrajo dos suites de concierto que agrupan diversos números de la continuidad dancística original:

 

                                Suite No. l:  Introducción - Atardecer

                                                   Danza de la molinera - Fandango

                                                   El Corregidor

                                                   Las uvas

 

                               Suite No. 2:  Danza del vecino - Seguidilla

                                                   Danza del molinero - Farruca

                                                   Danza final - Jota

 

Como en otras obras suyas, Falla tomó algunas danzas populares como modelo para sus piezas de ballet. En la Segunda suite, alude a tres formas bailables de características altamente individuales. En la Danza del vecino, el modelo es la seguidilla, una danza específicamente gitana de la que pueden hallarse variedades regionales como la seguidilla murciana y la seguidilla manchega, y una estrecha relación con el ritmo de sevillanas. En su forma original, la seguidilla va precedida de cuarto acordes introductorios de la guitarra y está construida sobre frases melódicas que suelen iniciarse en la cuarta corchea de un compás de 3/4. La Danza del molinero está basada en la farruca, una forma que se originó en el norte de España y que llegó a Andalucía con los trabajadores itinerantes que viajaban al sur para laborar como freidores de pescado o taberneros. La farruca tiene un patrón rítmico de cuatro tiempos similar al de la soleá, que suele desarrollarse en doce tiempos. Originalmente la farruca era bailada sólo por hombres, y más tarde su uso se generalizó. De raíces celtas y fuerte sabor folklórico, la farruca es una danza sobria, lenta y ceremoniosa que en los últimos tiempos ha caído en desuso. La jota que Falla utiliza como fuente para la Danza final es una forma típica de Aragón, pero también es posible hallarla en Castilla, Valencia, Galicia y Andalucía. Se trata de una danza rápida en compás ternario, que se desarrolla sobre frases de cuatro compases.

Además de utilizar estas danzas populares como fundamento de la partitura de El sombrero de tres picos, Falla usó también diversas melodías de corte folklórico a lo largo de la obra, logrando a través de ellos muy buenas caracterizaciones de los personajes y las situaciones del ballet, asignando a cada uno de ellos un leitmotiv al estilo de Richard Wagner. En un artículo publicado en La Habana en 1930, el escritor y crítico musical Alejo Carpentier escribió lo siguiente:

 

Después de Noches en los jardines de España y El amor brujo, producciones aún llenas de impresionismo, dígase lo que se diga, Manuel de Falla supo darnos el nervioso, agudo y personalísimo Sombrero de tres picos, mostrándonos a un Falla capaz de sonreír y de ser humorista en profundidad.

 

Por cierto, ese humor original de la novela de Alarcón atrajo la atención de más de un compositor. En 1896, más de 20 años antes del estreno del ballet de Falla, se estrenó en Mannheim la ópera El  Corregidor de Hugo Wolf (1860-1903), basada en el mismo texto que el ballet del compositor español.

 

 

SERGEI RAJMANINOV (1873-1943)

 

Concierto para piano y orquesta No. 3 en re menor, Op. 30

                Allegro ma non tanto

                Intermezzo: Adagio

                Finale: Alla breve

 

Dondequiera que se haga referencia al tercero de los conciertos para piano de Sergei Rajmaninov, se sentirá una brisa fresca, nueva y agradable. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que el segundo de sus conciertos, a base de insistencia, repetición incesante y versiones mediocres, se ha convertido en uno de los mayores lugares comunes en la historia de la música concertante. Es verdad, el Segundo concierto para piano de Rajmaninov tiene algunos pasajes interesantes, pero también tiene otros demasiado almibarados para ser tolerados con la frecuencia con la que directores y pianistas lo recetan al público. Así pues, bienvenida la oportunidad de hablar del Tercer concierto de Rajmaninov, que es mucho menos conocido que el segundo. ¿Quién mejor para hablar de esta obra si no el propio compositor? Rajmaninov cuenta lo siguiente, refiriéndose al ensayo previo a la segunda ejecución de su Tercer concierto para piano, en la que él mismo habría de ser el solista. El director sería, ni más ni menos, Gustav Mahler (1860-1911):

 

En ese tiempo yo consideraba a Mahler como el único director de la misma categoría de Arthur Nikisch. Conmovió mi corazón de compositor de inmediato, dedicándose por entero a mi concierto hasta que el acompañamiento, que es bastante complicado, había sido ensayado a la perfección, aunque ya había hecho antes otro largo ensayo. Según Mahler, cada detalle de la partitura era importante, actitud que por desgracia es poco común entre los directores. El ensayo comenzó a las diez y yo debía llegar a las once. Llegué a tiempo, pero no empezamos sino hasta las doce, cuando sólo quedaba media hora, durante la que hice mi mejor esfuerzo por tocar una composición que suele durar treinta y seis minutos. Tocamos y tocamos... La media hora ya había pasado pero Mahler no se fijó en ello. Aún recuerdo un incidente que es característico de él. Mahler era muy estricto y disciplinario, cualidades que considero esenciales para un buen director. Llegamos a un difícil pasaje de violín en el tercer movimiento, que requiere de algunas arcadas poco comunes. De pronto Mahler, que había dirigido este pasaje a tempo, golpeó en el atril y dijo: ‘¡Alto! No se fijen en las arcadas marcadas en el papel. Toquen este pasaje así.’ Y procedió a indicar una arcada diferente. Después de que hizo que los primeros violines tocaran el pasaje solos tres veces, el violinista que se sentaba junto al concertino bajó su violín y dijo: ‘No puedo tocar este pasaje con esta clase de arcada’. Mahler le preguntó entonces qué clase de arcada quería usar, a lo que el violinista contestó que prefería la que estaba marcada en la parte. Entonces Mahler dio orden de tocar el pasaje como estaba escrito. Este incidente era un claro desaire al director, pero Mahler lo tomó con toda dignidad.

 

Lo que sigue de esta anécdota, según Rajmaninov, es que durante el resto del ensayo, cada vez que Mahler daba alguna indicación, preguntaba socarronamente al violinista si no tenía objeción. Y como discreta medida disciplinaria, Mahler alargó el ensayo mucho más allá de lo que estaba originalmente previsto. Es claro que todo esto dejó una profunda impresión en Rajmaninov. Allá por el año de 1899 Rajmaninov se había presentado en Londres en su triple función de pianista, compositor y director de orquesta. Años después, gracias en parte a la gran popularidad de su Segundo concierto para piano y de su muy famoso Preludio en do sostenido menor del Opus 3, fue invitado a los Estados Unidos para una gira en la que, de nuevo, realizó las tres actividades por las que se le conocía. Esto ocurrió en el año de 1909, y con esta gira en mente, Rajmaninov se dio a la tarea de escribir el Tercer concierto para piano. La obra está diseñada a la manera tradicional, con dos movimientos rápidos enmarcando a uno lento. La particularidad de esta distribución es que el segundo movimiento se funde con el tercero sin interrupción.

El estreno del Tercer concierto para piano de Rajmaninov se llevó a cabo en Nueva York, el 28 de noviembre de 1909, con la Sociedad Sinfónica de Nueva York dirigida por Walter Damrosch y el compositor al piano. Dos meses después tendría lugar la memorable ejecución de la obra a cargo de Rajmaninov y Mahler. Durante esta gira por los Estados Unidos, Rajmaninov se presentó también en Boston, con tal éxito que le fue ofrecido el puesto de director de la Sinfónica de Boston, en sustitución de Max Fiedler. Sin embargo, el alma de Rajmaninov estaba firmemente anclada en Moscú y el compositor rechazó la oferta. Regresó a la capital rusa, donde vivió desde 1910 hasta el surgimiento de la Revolución Rusa en 1917. Un año después volvió a los Estados Unidos para establecer allí su residencia permanente, hasta su muerte ocurrida en Beverly Hills el 28 de marzo de 1943. Después del Tercer concierto para piano, Rajmaninov habría de componer todavía otras dos obras para piano y orquesta: su Cuarto concierto, en 1927, y la Rapsodia sobre un tema de Paganini, en 1934. Por cierto, los buenos cinéfilos recordarán que el Tercer concierto de Rajmaninov juega un papel protagónico en la atractiva película australiana Shine (Scott Hicks, 1996) en la que el estupendo actor Geoffrey Rush interpreta al atormentado pianista David Helfgott, quien alcanzó cierto prestigio interpretando precisamente esta compleja obra pianística.