Sinfónica de Minería

¿A qué te suena el invierno?

Acercamientos a la música
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Por HRJ

 

¿A qué te suena el invierno? 

celofán que cruje  

silencio 

tetera hirviendo 

¿Qué canción cantas cuando llega enero? 

 Los peces en el río 

Noche de paz 

Campana sobre campana 

De acuerdo a tu oído, el invierno cambia.  

Oídos níveos y oídos tropicales.  

Oídos de polvo y oídos de agua.  

Oídos de angustia y oídos llenos de calma.   

¿Tu oído cómo reacciona ante el frío?  

¿con pasión  

con sorpresa 

con nostalgia? 

 Y de los ruidos que tú haces, ¿cuál es el que más te agrada? 

 ¿El de tus dientes 

(castañeando como calaca) 

el de tus pasos 

(botas se deslizan sobre pasto) 

el de tu chamarra 

(frotando las mangas)? 

Escribe tus respuestas y revuélvelas. 

Obtendrás palabras sueltas sobre  

ruidos 

recuerdos 

sensaciones 

que han abierto la puerta hacia tu intimidad sonora.  

Ahora la idea es que imagines música.  

Escoge un tema A 

(silencio) 

Escoge un tema B 

(tetera hirviendo) 

Retoma el tema A, pero introduce una variación sensual 

(silencio que solo  

es roto por   

pasos de botas que  

se deslizan sobre el pasto 

cargadas de nostalgia) 

Retoma el tema B, pero introduce una variación sensual 

(tetera hirviendo 

que me hace ir 

a apagar el fuego con  

la sorpresa de escuchar  

mis dientes castañeando  

como calaca) 

Reinterpreta una melodía popular para el coro 

(Noche de paz) 

Elige el timbre de acuerdo a la intención expresiva.   

(La flauta si quieres ternura.  

El contrabajo si quieres misterio.  

La marimba si quieres fiesta).  

¡Ya estás en el camino de escribir una sinfonía invernal! 

Y entonces quizá te preguntas: 

¿A qué les ha sonado el invierno a las personas compositoras a lo largo de la historia?

¿Cómo han resuelto musicalmente el invierno Hildegarda von Bingen, Luigi Cherubini, Barbara Strozzi, Jean-Philippe Rameau, Maria Theresia von Paradis, Willibald Gluck, Amy Beach, Clara Wieck, Robert Schumann, Cécile Chaminade, Ferruccio Busoni, Ruth Crawford Seeger, Ricardo Castro, María Teresa Prieto, Silvestre Revueltas, Alicia Urreta, Víctor Rasgado o Sofiya Gubaidúlina? 

Para celebrar esta época invernal, la Orquesta Sinfónica de Minería te invita a escuchar una fascinante obra poco conocida del repertorio romántico: La Sinfonía núm. 11, El invierno (1876), del compositor suizo Joseph Joachim Raff (1822-1882), escrita seis años antes de su muerte, pero nunca la publicó en vida.  

¿Por qué? 

Se ha dicho que porque la consideró demasiado atrevida.  

Y sí: el tratamiento melódico (alineado a la tendencia hacia la ambigüedad tonal de los últimos románticos) suena moderno para la época, pero Raff publicó en vida obras posteriores igualmente atrevidas, como las oberturas a dramas de Shakespeare: La Tempestad, Romeo y Julieta y Otelo 

¿A qué suena El invierno de Joseph Joachim Raff?

Aquí te ofrecemos nuestra impresión sensual del primer movimiento, que lleva por subtítulo La primera nevada 

Forma sonata descompuesta, tan enrarecida que ya casi nada puede reconocerse en ella desde una postura clásica. Se exponen muchas melodías rotas, que sólo son insinuadas, una tras otra (a veces se evitan, a veces se rozan, a veces se enciman), y luego desaparecen sin haberse completado. La sensación es de misterio y también de movimiento, como si el oído avanzara a gran velocidad por un panorama y escuchara muchas cosas —pájaros alegres, tres niños juegan, un perro ladra, chillidos de puertas entreabiertas, agua que cae, el molino quebranta café, galopan caballos— sin poder aislar —y por lo tanto entender— ningún acontecimiento sonoro: los recibe distorsionados y lejanos, envueltos en la confusión distante de un viaje. Un inicio de melodías rotas —hipnótico, intrigante y discontinuo— le permite a Joachim Raff establecer, hacia la mitad del movimiento (que dura casi 11 minutos), un desarrollo regido por la dinámica de lo impensado, en donde nada (ni un giro, ni un acento, ni un color, ni una forma) resulta predecible: ante tal abundancia de temas en estado embrionario, cualquier fragmento que se decide completar suena lógico, mas no obvio. Y el compositor decide completar una melodía de pasión atormentada, profundamente romántica, que brinda cierta quietud, cierto estatismo, como si de pronto comenzara a nevar y el oído hubiera buscado refugio, y desde ahí — viendo la nieve caer desde la tranquilidad de un lugar seguro— quedara a merced de sus pensamientos, y poco a poco su ánimo se oscureciera hacia la tristeza. Pero alrededor del tema principal todo es inquietud y sorpresa: las melodías rotas saltan y mutan y se combinan. Su agitación es frenética. Los acontecimientos sonoros han cambiado drásticamente. Ahora los pájaros se insultan unos a otros, los tres niños han corrido a sus hogares (sus madres, histéricas, los han llamado), el perro gime de frío, las puertas están herméticamente cerrada, el silencio en la cocina es de cementerio y el agua cae sin tregua: anega caminos (esos caminos por donde galopaban los caballos que ahora se protegen en el granero) que bajo la nieve han desaparecido.

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