Sinfónica de Minería

El niño y los sortilegios

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“El niño y los sortilegios”

Por HRJ

 

Con motivo del Día de la Infancia te presentamos este ensayo sobre El niño y los sortilegios, la ópera infantil que Maurice Ravel (1875-1937) estrenó en 1925 con libreto de la escritora Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954). 

El niño está distraído. Tiene seis años. Debe hacer tarea de matemáticas. No puede concentrarse. Pronto será hora de dormir y quiere jugar antes de irse a la cama.  

 

El niño observa la habitación: 

 

Tic-tac del reloj.  

La gata descansa.  

Una ardilla como cacahuates en su jaula.  

Crepita el fuego en la chimenea.  

El cuento de hadas está abierto sobre el sillón en la historia de una princesa.  

El niño regresa la mirada hacia su cuaderno de sumas y restas. La visión de los números lo irrita.  

Su madre entra al cuarto con una tetera en la mano.

“Enséñame la tarea, cariño”, dice ella cantando con dulzura. El niño le muestra el cuaderno.  

“¡No has hecho nada! Estás castigado. No puedes salir de tu cuarto. Y sólo vas a cenar té hasta que hayas terminado las sumas y restas”.  

El canto de la mamá se vuelve enérgico y seco.  

 

El niño se queda encerrado en su cuarto. Mira el cuaderno con coraje. Le arranca una página. Eso lo hace sentir un poco mejor. Su coraje se desborda.  

Y ya no puede detenerse.  

Arranca las demás hojas y avienta el cuaderno destrozado hacia la chimenea.  

Tira el reloj.  

Le jala la cola al gato..  

Toma el cuento de hadas.  

Arruga la página con el dibujo de la princesa.  

Avienta el libro y le pega a la ardilla.  

Destruye el tapiz del sillón.  

Despedaza contra el piso la tetera.  

Patea los pedazos de taza rota.  

 

La música de su berrinche está llena de ira.  

Es acelerada y frenética. Llena de gritos, jadeos y ritmos irregulares.  

Transmite descontrol. Violencia. Rabia.  

Un desbordamiento hacia la furia que de pronto se apaga.  

 

El niño queda exhausto. Se acuesta en su cama. Jadea de coraje y cansancio.  

Comienza a quedarse dormido. Lo despierta un ruido:  

Es el reloj descuadrado que se acerca hacia él con actitud amenazante.  

 

“¡Haz lastimado a la ardilla!”,  

le reclama el reloj con tesitura de barítono.   

 

Pero no es sólo el reloj.  

Todos los objetos que ha destruído comienzan a cobrar vida.  

 

Es también el sillón, con tesitura de bajo: 

“¡Haz lastimado a la ardilla!”.  

 

Es también la gata, con tesitura de mezzosoprano: 

“¡Haz lastimado a la ardilla!”.  

 

Y son también los números de su tarea de matemáticas, que conforman un coro de voces blancas: 

“¡Haz lastimado a la ardilla!”.  

 

Aterrado, el niño salta de su cama y busca refugio cerca de la chimenea.  

Pero el fuego, con tesitura de soprano, también le reclama: 

“¡Haz lastimado a la ardilla!”.  

La música es acrobática e incesante. Las voces de los objetos que reclaman son veloces y etéreas. Dan la impresión de estar volando sobre el cuarto. El canto del niño, en cambio, irradia asombro y temor. Está sorprendido de que los objetos inanimados hayan cobrado vida y que su gata le esté hablando.  

Y de la sorpresa pasa al miedo:  

Miedo de que esos seres fantásticos puedan hacerle daño. Pero él ha lastimado a la ardilla y la culpa comienza a consumirlo. Desesperado, el niño apaga las llamas de la chimenea.  

Cree que esos objetos fantásticos van a desanimarse sin el impulso del fuego.  

Sin embargo, cuando el cuarto queda a oscuras, de los pedazos de tela destruida del sillón cobran vida personajes de fábula: 

 

Pastoras 

Cabras 

Becerros 

Carneros 

Todos le reclaman 

 

“¡Haz lastimado a la ardilla!”.  

 

De la hoja arrugada del cuento de hadas la princesa cobra vida. La princesa se acerca al niño para consolarlo, pero entre las palabras cariñosas, también termina reclamándole: 

 

“¡Haz lastimado a la ardilla!” 

 

La princesa se convierte en el dios de las matemáticas, que es un viejo con una pipa en los labios.  

Pero la pipa no le impide reclamarle al niño con voz aviesa: 

 

“¡Haz lastimado a la ardilla!”. 

  

La gata se escapa por la ventana y se encuentra con un gato. El telón se cierra y en el telón se proyecta una luna llena. La orquesta comienza a ejecutar un pasaje romántico a manera de dueto amoroso entre los gatos.  

El telón se abre. El niño ha logrado escaparse de su cuarto. Es medianoche. Está en medio del jardín de la casa. Siente culpa. Quiere alejarse de tantos reclamos. Pero los árboles y los matorrales del jardín cobran vida para reclamarle: 

 

“¡Haz lastimado a la ardilla!”.   

 

Pero no son sólo los árboles, sino también una serie de animales nocturnos.  

 

Libélula 

Ruiseñor 

Murciélago 

Lechuza 

Rana 

 

Todos a coro le reclaman: 

 

“¡Haz lastimado a la ardilla!”.   

 

Y comienzan a ejecutar alrededor del niño una danza macabra cada vez más frenética. Una danza agitada de movimientos violentos. Volteretas y saltos. Una danza que los animales nocturnos acompañan con diálogos en un lenguaje extraño. Sus palabras suenan cortantes y violentas. como si se tratara de un hechizo.  

Uno de los animales pierde el control y choca contra la ardilla.  

 

El niño corre hacia la ardilla. La toma entre sus manos. Le dice que todo estará bien y venda su patita herida.  

 

“¡Haz curado a la ardilla!”. 

Murciélago 

Pastoras  

Carneros 

Fuego 

Princesa 

Tazas 

 

Ruiseñor  

Rana  

Becerros 

Gata 

Números  

Tetera 

 

Libélula 

Lechuza 

Cabras  

Sillón 

Cuento de hadas 

Dios de las matemáticas 

 

 “¡Haz curado a la ardilla!”.  

 

Todos los personajes rodean al niño y lo guían al lado de su madre, quien, admirada por ese acto de empatía hacia el dolor de la ardilla, abraza a su hijo.

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