Sinfónica de Minería

La Génesis de la Sala Nezahualcóyotl

La Génesis de la Sala
Nezahualcóyotl

Con alma
|

29 septiembre, 2023

Compartir

|

Javier Jiménez Espriú
Del baúl de mis recuerdos.
En los 30 años de su existencia, a quienes la hicieron posible.

Dentro de las múltiples experiencias y oportunidades que me ha dado la Universidad, y particularmente las que tuve mientras fui Secretario General Administrativo, el Centro Cultural Universitario y la Sala Nezahualcóyotl tienen un lugar especial.

En mis años jóvenes, Manuel Aguilar, un amigo que conocí en los años cincuenta, y que era un melómano apasionado -“descubridor” de Plácido Domingo-, me presentó a varios amigos con el mismo padecimiento musical, a algunos de los cuales, como al propio Plácido y a Eduardo Mata, se les desarrolló, como todo mundo sabe, hasta los más altos niveles de gravedad… y de excelencia.

Pues bien, Eduardo Mata nos empezó a entusiasmar para organizar un grupo que promoviera la construcción de una Sala de Ópera, ya que Bellas Artes, decía, era ya una sala vieja, con problemas diversos, con una acústica no necesariamente extraordinaria y dedicada a todo tipo de actividades culturales. El entusiasmo se terminó pronto, cuando después de los primeros números y un somero análisis de nuestras posibilidades de convocar a personas pudientes, nos percatamos de que, cuando menos por el momento, esa empresa escapaba a nuestras capacidades. Le dimos vuelta a la hoja, pero la dejamos escrita en el libro de nuestras buenas intenciones, como una idea romántica de juventud.

Años después, cuando fui invitado por el Rector Guillermo Soberón a colaborar con él en la Universidad, coincidí ahí con Eduardo, quien desde el rectorado de Don Javier Barros Sierra y con el éxito que siempre lo caracterizó, dirigía la Orquesta Filarmónica de la Universidad.

Superados los conflictos laborales de 1973, con los que iniciamos nuestra actividad universitaria, invité a Eduardo a tomar un café a mi oficina y, palabras más, palabras menos, le dije: “Eduardo: ahora sí, tenemos la mejor oportunidad para realizar aquel sueño juvenil, en beneficio de la cultura de México; ve pensando en el asunto, y te invito a reunirnos con Diego Valadés -Director General de Difusión Cultural- para discutir el proyecto de construir una sala de música, sólo para música”. Se mostró encantado, me comentó que él le había propuesto al Rector Javier Barros Sierra algo semejante, pero que a pesar de su positiva reacción, las circunstancias universitarias lo habían impedido.

Un par de semanas después, los convoqué en un restaurante que se llamaba “La Cochera del Bentley”, sito en Insurgentes y Barranca del Muerto, a discutir el asunto. A Diego Valadés, el proyecto no sólo le pareció espléndido, nos comentó incluso que, con la misma idea, él había hecho gestiones, infructuosas hasta entonces, para lograr la utilización del viejo edificio de la Estación de las Bombas de Tacubaya para convertirlo en sede de la Orquesta. Cuando le dije que pensaba que la Sala podría estar en el campus universitario, en la zona en la que finalmente se construyó, sugirió que pensáramos no sólo en la Sala, sino en un Centro Cultural con teatros, cines, museos y en un jardín escultórico donde pudieran exponer sus obras los artistas universitarios, tanto temporal como permanentemente, lo que me pareció formidable.

Así se inició la idea de lo que hoy es una realidad, a la que se le agregó la Biblioteca y Hemeroteca Nacional, ya que el sitio en donde se albergaba, el antiguo templo de San Agustín, a más de ser pequeño y antiguo estaba en condiciones deplorables que obligaban a una restauración de fondo. Inmediatamente después de la aquiescencia del Rector Guillermo Soberón, quien apoyó con entusiasmo la propuesta, decidimos desarrollar el proyecto del Centro Cultural y empezar por la construcción de la Sala de Música.

Se analizó la posibilidad de una carpa como la que Herbert Bayer instaló en Aspen -suponiendo un costo accesible-, pero se desechó el proyecto por múltiples razones y nos inclinamos por una Sala permanente y de construcción sólida.

Le pregunté a Eduardo Mata que a quién debíamos dirigirnos de inicio, pues mi idea era la de “hacer un proyecto acústico y luego forrarlo”. Él sugirió a Christopher Jaffe, experto norteamericano radicado en Nueva York, como la persona idónea. Lo buscamos y lo invitamos a venir a México.

“una sala viva, con la distribución semejante a la de la Filarmónica de Berlín”.

Se integró al grupo de trabajo a ingenieros y arquitectos de la Dirección General de Obras de la UNAM para discutir con Jaffe la organización necesaria, un equipo que resultó realmente excepcional.

A Jaffe le encantó lo de “forrar un proyecto acústico” y le preguntó a Mata el tipo de Sala en que pensaba. La respuesta fue: “una sala viva, con la distribución semejante a la de la Filarmónica de Berlín”. Fue así que Mata dibujó desde el primer momento, a grandes pinceladas que después fueron afinándose, el perfil de nuestra Sala.

Cuando hablamos del tamaño y Diego Valadés expresó que se trataba de hacer música para una enorme comunidad de cerca de trescientas mil personas, Jaffe nos planteó la incompatibilidad de un proyecto acústico de excelencia y una sala enorme y habló de un número en el entorno de los 2,000 a los 2,300 lugares como el adecuado para el primer caso. Nos decidimos de inmediato por el proyecto acústico.

En un principio Jaffe vio con escepticismo el que la Sala fuera a ser diseñada por los arquitectos Orso Núñez y Arcadio Artis Espriú; la edad de estos jóvenes profesionales que trabajaban en la Dirección General de Obras de la UNAM, y por ende su corta experiencia, no ofrecían ninguna seguridad, como era el caso también del ingeniero Roberto Ruiz Vilá que sería el residente responsable de la obra; pero la que tenía el Ing. Francisco de Pablo, Director General de la dependencia y líder del proyecto de construcción y nuestra confianza sobre su capacidad profesional, llevó a Jaffe a aceptar el reto, que pronto se convirtió en una coordinación espléndida, prácticamente a partir de los primeros trazos del proyecto.

Al final, Jaffe me expresaría que nunca había trabajado con un equipo con el que fuera tan fácil convertir una idea acústica, abstracta por naturaleza, en una realidad física tan cercana a la perfección en su búsqueda original, asunto enormemente difícil, y tan hermosa como la Sala Nezahualcóyotl. Cada nueva necesidad acústica expresada, provocaba una propuesta arquitectónicamente bella y una solución de ingeniería limpia, sólida y consistente.

Jaffe nos advirtió que además de tratar todos los aspectos del desarrollo del proyecto y la construcción de la manera más estricta y con la tecnología más avanzada -su descripción pormenorizada de todo lo que se hizo, que aparece en alguna publicación universitaria, es una verdadera delicia-, debíamos después cruzar fervorosamente los dedos, porque la acústica “no tiene palabra de honor”. Así se hizo, todos trabajaron de la forma más profesional y yo mantuve fervorosamente cruzados los dedos durante todo el proceso constructivo. Como se puede apreciar, todos hicimos muy bien nuestra parte.

El día de la inauguración de la Sala, el 30 de diciembre de 1976, el Arq. Pedro Ramírez Vázquez, que como miembro del gabinete del Presidente López Portillo asistió al concierto inaugural con la Filarmónica de la UNAM -que ya no dirigía Mata, por su nombramiento como Director Musical de la Orquesta de Dallas-, me pidió que le presentara a los autores del proyecto, porque, me dijo: “arquitectos capaces de concebir una obra así, surgen uno o dos en cada generación”. Los dos de “esa generación” estaban con nosotros, ambos son egresados de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, los dos trabajaban en esta Casa, con los sueldos modestos que ahí se acostumbran, pero con la oportunidad que la Universidad da a sus jóvenes egresados, en los que confía -que no se tiene en cualquier parte-, de participar en un proyecto de esa magnitud y trascendencia con una alta responsabilidad.

“arquitectos capaces de concebir una obra así, surgen uno o dos en cada generación”

Pero antes, una vez definido el proyecto, había que obtener la autorización del gobierno, a través de la Dirección General de Inversiones de la Secretaría de la Presidencia, para llevar a cabo la obra. Era otra de mis responsabilidades. La reunión que tuve con el Ing. Fernando Hiriart, titular de la dependencia, fue para mí, memorable.

Explicado el programa de inversiones de la Universidad, para el año siguiente, que comprendía montos importantes para las Escuelas de Estudios Profesionales que estaban en desarrollo y las últimas etapas de los planteles del Colegio de Ciencias y Humanidades, las naturales ampliaciones que el crecimiento de la UNAM exige cada año, la iniciación del proyecto en aquel momento bautizado como “la ciudad de la investigación”, etc., le platiqué que pretendíamos edificar un Centro Cultural Universitario, para lo que habíamos programado la construcción de una sala de música como primera etapa, que teníamos ahorros presupuestales por 34 millones de pesos los que, si obteníamos la autorización oficial de inversión, aplicaríamos a ese propósito -el presupuesto del Centro Cultural ascendía a 155-. Naturalmente estaban de acuerdo el Rector Guillermo Soberón y los miembros del Patronato Universitario.

El ingeniero Hiriart me dijo que lamentaba no poder aprobar esto último, ya que había instrucciones específicas para no autorizar nada que fuese superfluo o suntuario. No hice comentario alguno, empecé a acomodar mis papeles en la carpeta en que los llevaba y “teatralmente”, llevando al extremo mis capacidades histriónicas, me levanté despidiéndome respetuosamente.

Don Fernando, extrañado y con la bonhomía que lo caracterizaba, me preguntó que qué pasaba, que aún no habíamos definido nada en relación con el programa general y yo ya me había levantado. Le dije, con cara apesadumbrada, que con todo el respeto que me merecía -el Ingeniero Hiriart mereció siempre el más amplio respeto de todo el mundo- no tenía nada que hablar con quien consideraba que un Centro Cultural en la Universidad Nacional, era asunto superfluo o suntuario.

Hizo un breve silencio, se me quedó viendo profunda pero amablemente y me dijo con energía: “¡Siéntese! -y agregó, dejando caer las palabras lenta, “distraídamente” y en tono bajo, mientras volteaba a ver los documentos que antes le había entregado-, si tiene los ahorros, le vamos a autorizar la primera etapa”.

Debo señalar que el ingeniero Hiriart había sido Director del Instituto de Ingeniería de la UNAM, fue miembro de la Junta de Gobierno de la Institución, hombre respetadísimo por el gremio, conocedor de música y persona culta, universitario en fin, muy distinguido, a quien yo conocía de tiempo y de quien sabía que actuaría con buen criterio en un asunto que sólo en apariencia se salía de las normas de austeridad del momento, pero que era, como ha quedado demostrado, importantísimo no sólo para el cabal cumplimiento de las funciones sustantivas de la Universidad, sino para el desarrollo cultural del país. Por eso me atreví a hacerle “el numerito”, que años después me recordaba recriminándomelo con afecto.

Sin embargo nuestras vicisitudes no acabaron ahí, la firma del titular de la Secretaría se demoraba y las preocupaciones volvieron a surgir. El Secretario, a quien no entusiasmaba la idea, le daba largas al asunto, y los tiempos se estrechaban. Venturosamente -soy un convencido de que la suerte juega un papel decisivo-, los avatares de la política lo llevaron de pronto a “servir a su partido político” y fue sustituido por el Lic. Ignacio Ovalle y designado subsecretario Juan José Bremer, buenos universitarios, personas para quienes la cultura y las funciones de la Universidad no eran extrañas y a quienes les encantó el proyecto. Las cosas se destrabaron en una cena memorable que organizó en su casa Diego Valadés, gran amigo de ambos y en la que, en presencia del Rector, les mostramos la maqueta de la Sala. Pudimos así, iniciar la realización de ese maravilloso sueño universitario que es el Centro Cultural.

La Sala se construyó al año siguiente, apegándonos estrictamente a los tiempos -en once meses- y al presupuesto -34 millones de pesos-, lo que no sucede con frecuencia y que fue, como deben ser todas las actividades universitarias, otro acto educativo. Es, ciertamente, una de las instalaciones extraordinarias de la Universidad, por su contenido y por su continente, por su propósito y por sus logros, como obra excepcional de arquitectura y de ingeniería, y para mí, uno de mis mayores orgullos personales, como lo es también, seguramente, para todos los que participaron en el proyecto.

Se quedó pendiente, sin embargo, por falta de recursos, otro de los sueños de Mata, que era el instalar en la Sala un órgano monumental, cuyo sitio, en espera de tiempos mejores, los arquitectos reservaron con ese sobrio y bello mural de madera, atrás del Coro, que lo simula.

A la inauguración invitamos a reporteros musicales de los más importantes periódicos del mundo, algunos de los cuales nos acompañaron, pero sin aceptar que cubriéramos ningún gasto, “para poder opinar con objetividad y libertad”. Sin excepción, escribieron artículos muy elogiosos sobre la belleza de la Sala y su acústica extraordinaria.

Pocos meses después, tiempo durante el cual se continuó “afinando ese instrumento musical que es la Sala” -con pequeños ajustes- nos visitó la Orquesta de Cleveland, bajo la batuta del eminente Maestro Lorin Maazel.

Después de oír una fantástica Novena de Beethoven -bueno, “la Novena” es de Beethoven-, con Leona Mitchel, Oralia Domínguez, Kenneth Riegel y Roberto Bañuelas como solistas, cuyo sólo recuerdo aún me estremece, fui a cenar con el Maestro Maazel, y al requerirle su opinión sobre la acústica, me dijo textualmente: “No puedo decirle que es la mejor Sala en que he dirigido, pero sí le puedo señalar que nunca he dirigido en una Sala mejor”. Me vuelvo a estremecer al recordarlo.

Fue una definición calificada -calificadísima, diría yo- que me llenó de júbilo. En los 30 años siguientes a aquella fecha, nunca he oído una opinión al respecto que no sea elogiosa.

Dentro de las múltiples cosas que me ha tocado en suerte hacer en la vida o de los asuntos en los que he participado con la responsabilidad principal, la Sala Nezahualcóyotl es la que ha merecido el cúmulo mayor de críticas favorables y ciertamente, a diferencia del resto de mis actuaciones, ninguna en contra.

Aunque la paternidad en este caso no es exclusiva, porque fue todo el equipo extraordinario que he mencionado en este breve recorrido el que la hizo posible, puedo expresar con enorme satisfacción personal, que la Sala Nezahualcóyotl es uno de mis hijos predilectos.

En 2006, la Sala cumplió 30 años de existencia, durante los cuales ha sido centro fundamental de difusión de la cultura musical de México y del mundo; forma parte reconocida de las grandes Salas de Concierto que existen y ha albergado a grandes conjuntos y a solistas extraordinarios. En ella se han escuchado las grandes obras del repertorio mundial de toda clase de música y ha sido el sitio del estreno de diversas e importantes composiciones. Este ha sido su joven pasado y será seguramente su futuro longevo. Ese ha sido y será ciertamente su destino luminoso.