Antes de contarte qué es un danzón, pronuncia la palabra en voz alta:
Danzón.
La danza está instalada en su mismo sonido.
Otra vez:
Danzón.
También hay seducción.
Tiene un doble significado:
Por un lado, es un baile de salón.
Por el otro, la música que le da vida.
Te reto:
Siéntate con tus audífonos y pon un danzón.
El que sea.
Nereidas, de Acerina y su danzonera.
Ahora permanece sentado.
Es imposible escuchar un danzón y no querer bailarlo.
Qué es el danzón: historia, forma y atractivo
El danzón nació en Matanzas, Cuba.
Las alturas de Simpson, compuesto en 1879 por Miguel Faílde, se considera el primer danzón de la historia.
Es suave, sinuoso y elegante.
El danzón llegó a México a finales del siglo XIX.
De Cuba entró por Veracruz.
Su combinación de misterio, elegancia y seducción conectó con la idiosincrasia mexicana.
Se volvió recurrente en salones y fiestas privadas.
Rápidamente se codificó como baile elegante de pareja y consolidó una forma musical concreta: el rondó, cuya estructura sigue un patrón A-B-A-C-A-D-A…
Como puedes ver, la A es la constante.
Esto quiere decir que el tema principal va y viene, va y viene.
Nunca te suelta.
Así que en su misma arquitectura, el danzón está construido para quedarse pegado a tu cuerpo.
Y claro: no despegarte del otro cuerpo con el que lo estás bailando.
Así debes bailar un danzón
El reto de bailar un danzón radica en transmitir permanente coqueteo sin perder nunca la compostura.
Algo relacionado con la pasión contenida.
Esto tienes que hacer con el cuerpo:
- Establecer un pulso estable.
- Identifica el tema principal, que usualmente estará a cargo de un instrumento de aliento, e introduce un movimiento distinto cada que lo escuches: giro completo, un mero quiebre de cadera o incluso algo más sútil, como chasquido de dedos.
- Siempre regresa al pulso estable. Esto es muy importante.
P.D: practícalo con tu pareja, de preferencia durante la noche. Añadan a su vestuario un elemento coqueto, como abanico o zapatos brillantes.
Los instrumentos del danzón y su función
La instrumentación de un danzón no tiene límites; está sujeta a la necesidad expresiva.
- Danzones minimalistas para flauta, piano, timbales y contrabajo.
- Danzones clásicos para clarinete, flauta, violines, contrabajo, piano, trompeta, timbales, congas y güiro.
- Danzones brillantes para múltiples maderas, metales, cuerdas, percusión y teclado.
Aquí, lo importante es identificar la función.
Como en el futbol: el compositor le asigna labores específicas a cada elemento.
Maderas: suenan para brillar (melodía)
Las maderas suelen asumir un rol melódico.
Son la parte evidente.
Lo que brilla.
La sustancia que se tararea.
Les corresponde el virtuosismo.
Si el danzón es ligero y rápido, los solos ornamentales se escriben para la flauta.
Si el suave y distinguido, para el oboe.
Si es melancólico e intenso, para el clarinete.
Si es denso y dramático, para el saxofón, que, cosa curiosa, se clasifica como madera a pesar de estar hecho de metal, porque su sonido se produce con boquilla de lengüeta simple.
Cuerdas: su función es crear textura (armonía)
La construcción de la parte armónica recae en las cuerdas (violines, violas, chelos y contrabajos).
Construyen los acontecimientos menos evidentes.
Es necesario poner más atención para escucharlos.
Eso que envuelve a la melodía.
Pensemos en una cita romántica.
Está la parte evidente: lo que te está diciendo tu crush.
Y está la parte atmosférica: el lugar en el que están y todo eso que les rodea.
El vino.
La luz tenue.
Un espacio cómodo.
La noche.
Las palabras podrán ser seductoras.
Pero no sirven de nada si no están enmarcadas en un ambiente que acentúe la intención.
Ésa es la función de la armonía en un danzón:
Crear la textura.
Percusiones: bailar, bailar, bailar (ritmo)
Bailar, bailar, bailar.
Ritmo.
Bailar, bailar, bailar.
Utiliza todo tipo de procesos percutidos.
Raspas el güiro.
Golpeas timbales y congas.
A nivel cognitivo, el ritmo nos calma porque nos brinda un patrón al cual aferrar nuestros oídos.
Nos hace sentir que los acontecimientos sonoros no van a explotar y dispersarse por el aire.
Al mismo tiempo, es movimiento: se dirige al cuerpo, no al pensamiento.
En el danzón, es ese sonido que nunca se extingue.
Incisivo, machacón y voluptuoso.
Insistente como slogan publicitario de perfume.
Su función es instalar un mensaje subliminal inolvidable en nuestro sistema nervioso.
¿Qué nos dice?
Bailar, bailar, bailar.
Danzones sinfónicos:
Como orquesta sinfónica latinoamericana, éste es mi tema.
Podría contarte, por ejemplo, chismes gremiales, como que hay directores que los aman y otros que los desprecian.
Carlos Miguel Prieto, mi director artístico, cuando los dirige hasta quiebra la cintura en el pódium.
Los danzones sinfónicos me obsesionan.
Podría tenerte aquí durante horas.
Pero debo ser breve.
Te recomiendo que escuches estos dos danzones sinfónicos a manera de despedida.
Danzón cubano (1946, versión orquestal) de Aaron Copland (1900-1990)
Se le nota lo gringo en su vocación épica.
Todo muy cinematográfico.
Muy zoom in.
No comienza en el salón, sino en el cielo.
Como si viéramos la ciudad desde arriba y comenzamos, poco a poco, a bajar, en zigzag.
Seis notas rápidas, juguetonas, a cargo del clarinete, son respondidas por un golpe de tarola y un brillito de platillos.
Está claro que el descenso es hacia una fiesta.
Hacia la mitad de la obra, el oboe sugiere, con un delicado tema insinuante, que la fiesta es sofisticada y elegante.
No queda sin embargo claro si en esa fiesta se baila.
La contundente aparición del piano define todo de golpe.
El descenso y la intención.
Estamos ya ante la puerta abierta de un salón.
Entonces los acontecimientos ya son personales.
Lo notamos en los violines, que establecen aires privados.
Historias de parejas que en baile se trenzan.
Aunque se siente una especie de obstáculo.
Cierta distancia formal.
Algo raro.
Su origen está en el mismo nacimiento del sonido.
Una nota de carácter indica en la partitura “con precisión e indiferencia”.
Es eso: un danzón sumamente formal.
En donde lo personal jamás se vuelve íntimo.
Danzón núm. 2 (1994) de Arturo Márquez (1950)
Imaginemos que es mucho más tarde en la misma fiesta.
La sofisticación ha dado paso a las confesiones.
Aquí todos los acontecimientos sonoros son una invitación hacia la intimidad.
Este danzón sí siembra la tentación de establecer juegos secretos entre cuerpos.
El oboe invita a establecer un pacto de intimidad en el movimiento.
Hacia el minuto cinco, un acontecimiento suave cambia el rumbo expresivo de la danza:
Un plañidero violín nos habla sobre su abandono.
Poco después las trompetas desencadenan en los trombones un pasaje incierto, de extravío, algo cercano a la contemplación de un abismo.
Dura pocos instantes, pero su influjo resulta definitivo.
Ya en toda la orquesta se instala miedo al silencio, terror al vacío.
Y se desencadena un frenético final que todo lo abarca y todo lo llena.
Lo llena de velocidad.
Lo llena de fiereza.
Y sin embargo hay algo casi triste.
A pesar de la velocidad, a pesar de la fiereza, es evidente que tanta intensidad está destinada a no durar.
Como si el mismo danzón supiera que para ser feliz es preciso no saberlo.
Entonces, ¿qué es un danzón?
Si te lo preguntan, mira a la otra persona fijamente a los ojos,
“Un danzón es misterio, baile y seducción”.
Aparta la mirada y agrega con indiferente precisión:
“Cuando quieras, hay que bailarlo”.
Autor:
Hugo Roca Joglar (1986) es un escritor mexicano que todo el tiempo habla sobre música. La obra que le valió el Premio Nacional Bellas Artes de Novela José Rubén Romero 2021 (Puedo ver el futuro: hay un asesinato) está llena de exploraciones sonoras y la crónica con la que ganó el Premio Nacional de Periodismo 2014 (Lo que me dice el amor) hace sonar la Sinfonía número 3 de Gustav Mahler en una cantina de Irapuato.