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Sinfónica de Minería

¿Quién fue Ravel?

Compositoras y compositores
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Maurice Ravel (1875-1937) nos fascina por sofisticado. 

Qué difícil es predecir en su música el movimiento siguiente. 

Tiene el poder de colapsar el tiempo con sonidos. 

Nada de explosiones y destemplanzas. 

Es tan delicado. 

El suyo es un desconcierto temporal de suavidades. 

Quizá por eso siempre me ha atraído acercarme a su tragedia. 

Lo hice hace más de 10 años. 

Deseo retomarlo con motivo de su aniversario de nacimiento, el 7 de marzo. 

 

La tragedia de Maurice Ravel

¿Sabías que Ravel renuncia a la música para ser soldado?

Pero el ejército francés lo rechaza por débil. 

Ravel insiste tanto que le permiten ser el chofer de un vehículo militar en la División de Artillería

Escribe en sus diarios:

“Soy un recluta, con piel de cabra, con un casco, con una máscara, que se pasea de noche por carreteras ingratas”. 

Se le congelan los pies y en la cama del hospital, donde valoran si es necesario mutilarlos, se entera de la muerte de su madre. 

Lo licencian, se deprime. 

Es 1917, tiene 41 años. 

Escribe su Le Tombeau de Couperin. 

Parecería fúnebre duelo sin salidas. 

Sorprendentemente, está llena de luces y extensiones panorámicas. 

Ravel adquiere una obsesión extraña: coleccionar juguetes infantiles:

Trompos, muñecos y pequeñas cajas que al abrir la tapa suena una nana. 

La guerra termina. 

Compone el satírico ballet La valse, donde vieneses brindan con champaña y enmascarados bailan mientras su ciudad es bombardeada. 

 

La música de Ravel: la forma como fin y principio

A Ravel le obsesiona el aspecto formal de su música:

“Mi objetivo es la perfección técnica”. 

En los cafés de París, ante jóvenes vanguardistas que lo veneran como a un nuevo Satie más equipado, contradice a Beethoven cuando asegura que si sólo se puede escuchar lo de arriba, así hay que tomar a la música (y así hay que componerla): 

Como superficie. 

Predica, desconcierta, viaja y lo veneran. 

 

La vida de Ravel: entre la soledad y la enfermedad 

Desde la muerte de su madre, Ravel vive solo el resto de su vida. 

Un perpetuo solterón cada vez más maniático. 

Sermonea durante horas sobre hábitos de higiene a cualquiera que lo visita. 

A veces no puede mover los dedos. 

Son las primeras señales de la (según indican las más sólidas teorías) enfermedad de Pick, que terminaría por matarlo. 

Queda completamente solo, cada vez más inmóvil, rodeado de sus juguetes.

 

Ravel y su Concierto para la mano izquierda: una obra maestra

Paul Wittgenstein (1887-1961) visita a Ravel y le dice:

 Escríbame una obra”. 

Es un pianista vienés que durante la Guerra Mundial (peleaba en Polonia para los austrohúngaros) le explotó una bomba muy cerca. 

Los rusos lo capturaron, encerraron en Siberia y amputaron el brazo derecho.

Ravel le compone el Concierto para la mano izquierda (1932).

Concierto para la mano izquierda, para piano y orquesta: ¿a qué suena?

Al principio, el lenguaje es romántico (de niño, Paul tocó a dúo con Brahms y Mahler durante las veladas que organizaba su madre) y el tono patético. 

La solitaria mano se mueve ávida y ligera, pero la tradición condena sus búsquedas a la sombra de los sonidos graves; se disuelven increadas y tristes en una orquesta en espera de un solista que parece destinado a nunca llegar. 

A su voz le faltan cinco dedos; la mutilación es evidente.

De pronto, justo a la mitad de su movimiento único, el concierto se rompe y comienza a sonar una forma de articulación sonara experimental que se asocia con la libertad y se construye a través de la improvisación sensual.

El efecto es desconcertante, casi teatral: 

Un pianista sin una mano tocando furioso jazz; le echa encima el cuerpo al instrumento, como si le fuera a brincar, y se pone casi de lado para que su mano tarde lo mismo en llegar a cada lado del teclado.

 

Ravel y la invencibilidad del espíritu humano 

A lo largo de la historia, de forma somera, este concierto se ha vuelto famoso por exigir a la persona solistas desplegar un virtuosismo de velocidad y pirotecnia con una sola mano. 

La lectura más justa hay que dirigirla hacia la intimidad de Ravel y cómo en esta obra construyó una hermosa metáfora de la invencibilidad del espíritu humano.

 

Autor: 

Hugo Roca Joglar (1986) es un escritor mexicano que todo el tiempo habla sobre música. La obra que le valió el Premio Nacional Bellas Artes de Novela José Rubén Romero 2021 (Puedo ver el futuro: hay un asesinato) está llena de exploraciones sonoras y la crónica con la que ganó el Premio Nacional de Periodismo 2014 (Lo que me dice el amor) hace sonar la Sinfonía número 3 de Gustav Mahler en una cantina de Irapuato. 

www.hugoroca.com 

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