Sinfónica de Minería

¡Una orquesta también puede tocar heavy metal!

¡Una orquesta también puede tocar heavy metal!

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A través de una orquesta sinfónica, el heavy metal se convierte en una experiencia musical fascinante y estremecedora.

“Después de todo, no le tengo miedo a la muerte”, canta Bruce Dickinson en Hallowed Be Thy Name, “‘¿no creo acaso que no existe final?”. Y entonces guitarras, batería y bajo establecen un dramático juego de velocidades. Lo que ocurre es un desprendimiento. Ahí donde la letra filtra desafiante angustia, la música propone violenta confirmación mística. En la voz del hombre hay duda: “¿por qué estoy llorando?”. No entiende sus repentinos temblores.  “Después de todo, no le tengo miedo a la muerte”, se repite con furia, pero en su canto faltan seguridades. En cambio, sí las hay en los instrumentos. Entonces resulta obvio que las dos fuerzas esenciales se están enfrentando. La espera terminó. Estamos ante la horca. ¿Qué va a ocurrir ahora? ¿Destrucción o eternidad?

Y justo aquí el tiempo se paraliza. La eficacia teatral es desconcertante. Una poética sonora sobre terror e inmortalidad articulada en heavy metal. Y por eso la música de Iron Maiden es perfecta. Habita el misterio para construir una propuesta. Nos muestra el terror. Y existe la posibilidad de trascenderlo. O no. Da igual. Se puede vencer al monstruo o ser devorado por él. Lo importante es estar dispuesto a dar pelea. La fascinación radica en adoptar una postura desafiante. Las canciones de Iron Maiden son hipnóticas construcciones del juicio final con una estética atravesada por teatralidad y pirotecnia. Inolvidables canciones que ya son legendarias. Y por eso, porque son obras de arte admirables, nos invitan a reimaginarlas.

El canto de Bruce Dickinson está lleno de velocidad y riesgo. En términos vocales, ¿qué más arriesgado y veloz que una soprano coloratura? La música de Iron Maiden es tan épica, teatral y mística. En términos musicales, ¿qué potencia más épica, teatral y mística que la de una orquesta sinfónica?  Pero si ya son canciones estremecedoras, enigmáticas e insuperables, ¿una orquesta sinfónica qué pueden aportarles?.

Lo que la orquesta sinfónica puede aportar es una exploración de sus detalles. Una especie de recorrido íntimo. Como cuando de pronto ves imágenes del interior de tu cuerpo. Y resulta que tras el abdomen descubres visiones de tu páncreas, con su forma animaloide de tronco, cabeza y cola. No has dejado de ser tú, pero te descubres habitado por universos que desconoces, que sirven a sus propias reglas y sus propios tiempos. Eso mismo ocurre con Iron Maiden sinfónico: se trata de realizarle un ultrasonido a, justamente, su sonido.

¿Por qué? Por la fascinante y monstruosa curiosidad de obtener la visión de sus vísceras. Pensemos, por ejemplo, en la clásica Fear of the Dark. La versión original con banda de rock contrasta en su preludio una tensión inicial con el repentino desvanecimiento de cualquier ornamento para dar pie al lamento de una guitarra solitaria, que representa la esencia de la poética sonora: la soledad de una persona. Líricamente, todo actúa para reforzar la sensación de vacío, congregada en una frase que adquiere el estatus de mantra: “miedo a la oscuridad, miedo a la oscuridad, miedo a la oscuridad”. La orquesta sinfónica realiza un zoom in hacia la soledad de la persona. Preludia el lamento de la guitarra solitaria con una expansión sensorial a cargo de una pesada-repetitiva-monocromática construcción a cargo de las cuerdas graves, con breves-tímidas-luminosas apariciones de los alientos agudos. La orquestación propone una variación concreta de la sensación de vacío: el drama de la imaginación ante la nada. “Miedo a la oscuridad, miedo a la oscuridad, miedo a la oscuridad”, nada más eficaz para acentuar la desesperación en un cantante de metal que recurrir al sobreagudo, ornamento vocal que en la tesitura de una soprano ligera adquiere una elasticidad irreal. Elasticidad irreal que permite repetir una y otra vez “miedo a la oscuridad” y en cada repetición transmitir, siempre desde el desafío, distintos colores del terror, que no son otra cosa sino retornos al dilema fundacional. “Miedo a la oscuridad, miedo a la oscuridad…” Y cuando la oscuridad nos haya sepultado, ¿qué vamos a encontrar? ¿Destrucción o eternidad?

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