El 27 de mayo de 2025, a las 20 horas, la Sala Nezahualcóyotl fue testigo de un acontecimiento musical inolvidable: el primer concierto de Sir Bryn Terfel en México, acompañado por la Sinfónica de Minería bajo la dirección huésped de Roberto Kalb.
El concierto estableció una travesía dramática a través de la historia de la música escénica. Una ruta que comenzó con la gravedad filosófica de Wagner, descendió al infierno seductor de los Mefistófeles de Boito y Gounod, cruzó por el realismo brutal de Puccini, y terminó con la ligereza emotiva de canciones tradicionales y comedia musical. Todo ese universo contrastante, ese mapa emocional de siglos y estilos, aconteció en una sola voz. En la voz de Bryn Terfel.
Lo que se vivió no fue solo un recital. Fue una dramaturgia cantada. Un espectáculo donde un solo intérprete se volvió dios, diablo, verdugo, soñador y, finalmente, hombre. Un recorrido del exceso al susurro. De lo trágico a lo entrañable. Y el público, como pocas veces, se dejó llevar sin resistencia.
A continuación, la crónica completa de la inolvidable noche en la que Sir Bryn Terfle cantó por primera vez en México.
Sir Bryn Terfel canta Wagner en México
Sir Bryn Terfel apareció en el escenario con frac impecable y una sonrisa enigmática. Al dar el primer paso, se quitó un zapato. Así, sin mayor ceremonia, dejó un pie descalzo sobre el escenario de la Sala Nezahualcóyotl. El gesto, entre absurdo y doméstico, rompió el hielo con una rapidez desconcertante. En segundos, la sala entera respiró distinto. No era un dios galés el que entraba. Era un artista en casa. Un gesto que derribó la solemnidad, sin diluir la grandeza.
Entonces, comenzó el rito.
Con la aria “Qué delicado el aroma de las lilas”, su voz cruzó la sala como una presencia antigua. Grave. Cálida. Melancólica. Parecía que el escenario se hacía más chico y el drama más grande. Con la “Despedida de Wotan” y la “Música del fuego mágico”, Terfel mostró una dimensión que solo los verdaderos monstruos sagrados alcanzan. Su voz tenía el peso de una montaña y el filo de una confesión. Había nobleza. Había desesperación. Había furia contenida. Las respiraciones no se escuchaban.
Elisa de la Torre, cirujana de 59 años, dijo durante el intermedio:
“Sinceramente, yo conocía su repertorio mozartiano. El Fígaro, por ejemplo. Escucharlo en vivo en estos roles wagnerianos me dejó sorprendida. Te confieso que yo lo conocía por las grabaciones de Mozart de los noventa y ahora escuchar su voz oscurecida, tan solemne y aterradora, siendo dioses wagnerianos, es un momento inolvidable.”
Y sí. Esa fue la palabra que cruzó en más de un comentario al salir del recinto al terminar la primera mitad: inolvidable. Porque escuchar a Bryn Terfel cantar a Wotan no es simplemente oír una voz. Es ver a un dios rendirse. Y rendirse cantando.
Sir Bryn Terfel canta Boito en México
La segunda mitad del concierto comenzó con un viraje inesperado. Si en Wagner fuimos testigos de la caída de los dioses, ahora entrábamos al reino de los villanos. Y no cualquier villano: el mismísimo diablo.
Sir Bryn Terfel regresó al escenario con la misma elegancia, pero con un brillo distinto en los ojos. Bastó un instante para que se convirtiera en Mefistófeles. Su interpretación de “Son lo spirito che nega”, de la ópera Mefistofele de Arrigo Boito, fue pura teatralidad negra. No hubo efectos. No hubo trucos. Solo una voz que parecía salir desde algún rincón subterráneo del teatro.
En esta aria, el demonio se presenta con cinismo y claridad: “Soy el espíritu que niega.” No amenaza. No grita. No necesita hacerlo. Boito construyó un Mefistófeles elegante, intelectual y burlón, muy distinto al Fausto romántico de Gounod. Y Terfel lo sabe. Lo disfruta. Lo habita.
Con un fraseo impecable y una ironía dosificada, el bajo-barítono transformó una simple aparición en una clase magistral de maldad refinada. El público, entre incómodo y fascinado, no sabía si aplaudir o persignarse. Nadie salió ileso. Porque en menos de cinco minutos, Bryn Terfel le puso rostro al diablo. Y lo hizo encantador.
Sir Bryn Terfel canta Gounod en México
Después del demonio refinado de Boito, Sir Bryn Terfel decidió quedarse un rato más en el infierno. Esta vez, con el Fausto de Charles Gounod. Un giro más al mismo mito, pero con un vestuario más francés, más lírico, más encantadoramente decadente.
Con “Le veau d’or” (“El becerro de oro”), Terfel volvió a vestirse de Mefistófeles, ahora menos filósofo y más showman. Esta aria es una fiesta blasfema. Una sátira sobre la avaricia. El demonio se ríe, baila, seduce, arrastra a todos hacia el becerro reluciente del dinero. Y Bryn, por supuesto, lo hace con una sonrisa torcida y un brillo peligroso en los ojos.
Su voz no solo canta, también actúa. Pasa de la carcajada al susurro. Del sarcasmo al trueno. El fraseo está lleno de trampas deliciosas. Cada palabra tiene doble filo. Gounod compuso un demonio más teatral que metafísico, y Terfel lo entendió de inmediato. Jugueteó con la orquesta, con el público, con el texto. Se lo comió vivo.
El contraste con el Mefistófeles de Boito fue brutal. Y justo ahí estuvo la genialidad de la interpretación: mostrar dos diablos, el mismo actor. Uno oscuro y solemne. El otro sarcástico y festivo. Ambos convincentes. Ambos aterradores. Ambos irresistibles.
Sir Bryn Terfel canta Puccini en México
La misa estaba en curso, pero Scarpia no rezaba. Planeaba.
En la escena más macabra de Tosca, Sir Bryn Terfel encarnó al jefe de policía con una frialdad que heló la sala. Con “Va, Tosca”, el personaje revela, sin pudor ni prisa, cómo manipulará la desesperación de la cantante para poseerla. Mientras la ciudad reza, él maquina. Y Terfel lo cantó con un dominio escalofriante.
Cada palabra fue un cálculo. Cada pausa, una trampa. Su voz no gritaba: insinuaba. La orquesta se tensaba como una soga. El público, inmóvil. Sabía lo que venía, pero no podía apartar la mirada. Era como ver a un depredador afilarse los colmillos entre incienso y velas.
Y luego, el giro final: el Te Deum. Scarpia, satisfecho con su plan, se une al canto sagrado. Un himno solemne se convierte en el marco de un deseo corrupto. Terfel elevó su voz por encima del coro, no como un creyente, sino como alguien que se sabe impune. Fue el retrato sonoro del poder que se disfraza de virtud.
Puccini compuso esta escena con una precisión quirúrgica. El libreto de Illica y Giacosa, basado en el drama de Sardou, permitió al compositor construir un momento donde la música sacra y la vileza humana se funden sin piedad. Y Sir Bryn Terfel lo convirtió en una experiencia difícil de soportar… y aún más difícil de olvidar.
Sir Bryn Terfel canta canciones de su tierra
Después del drama operístico, la velada tomó un rumbo más íntimo. Sin dioses, sin demonios, sin reyes corruptos. Solo la voz, la memoria y la nostalgia. Sir Bryn Terfel cerró su recital con un puñado de canciones tradicionales de las Islas Británicas, como quien vuelve a casa después de recorrer el mundo.
Primero fue Danny Boy, esa melodía irlandesa llena de añoranza. La interpretación de Terfel fue sencilla, directa. Sin adornos. Solo su voz extendida como un puente entre generaciones. El público, que venía de sobrevivir a Wotan, Scarpia y Mefistófeles, bajó los hombros por primera vez en la noche. Había ternura. Había pausa.
Luego vino Ar hyd y nos (“A lo largo de la noche”), en su galés natal. Aquí ya no era un cantante en el escenario: era un hijo cantándole a su tierra. La melodía flotó como un rezo tranquilo, y la pronunciación impecable de Terfel pareció abrir una rendija hacia otro tiempo, otro paisaje. Muchos no entendían las palabras. Pero lo entendían todo.
Finalmente, Loch Lomond. Canción escocesa, anónima y dolida, de amor y pérdida. La cantó como quien recuerda. Con respeto. Con gratitud. El teatro entero quedó en silencio hasta el último acorde. No por solemnidad, sino porque nadie quería interrumpir.
Fue un final inesperado. No grandioso, sino profundo. Después de haber sido dioses y monstruos, Sir Bryn Terfel regresó simplemente como un hombre que canta. Y eso, al final, fue lo más poderoso.
Sir Bryn Terfel canta El violinista en el tejado
Después de las arias wagnerianas, los demonios de Gounod y el realismo descarnado de Puccini, Sir Bryn Terfel decidió terminar su recital como solo él puede hacerlo: con una carcajada musical y un guiño cómplice al público. Porque sí, también puede ser Tevye, el lechero soñador de El violinista en el tejado.
Con “Si yo fuera rico”, de Jerry Bock, el barítono galés volvió a transformarse. Esta vez no en un dios ni en un villano, sino en un hombre común que canta a sus deseos con la honestidad brutal de quien ya no espera nada, pero igual lo sueña todo. Cada “ya ba dibba dibba dibba dibba dibba dibba dum” fue una declaración de humanidad. El gesto irónico, la voz cálida, el humor exacto. Y sí, el pie descalzo seguía ahí, como recordatorio de que la ópera también puede reírse de sí misma.
La elección no fue casual. Como Tevye, Terfel también equilibra mundos en su voz: la ópera y el musical, lo sagrado y lo doméstico, el canto formal y la narración sencilla. En ese momento, no parecía haber distancia entre Wagner y Anatevka. Todo convivía. Todo tenía sentido.
Encore: Un regreso a casa
Como coda, Terfel regaló una serie de encores que fueron postales de nostalgia y encanto. Cantó How to handle a woman, del musical Camelot, con un dejo de autocompasión elegante, como si Scarpia hubiera ido a terapia. Luego vino Some enchanted evening, del clásico South Pacific, cantada con la dulzura serena de quien conoce las pérdidas pero no ha perdido la esperanza.
Y para cerrar, Homeward Bound, de Marta Keen. Una canción sobre volver. Sobre dejar atrás los escenarios, los roles, los teatros, y simplemente regresar a casa. Cuando terminó, no hubo una ovación estruendosa. Hubo silencio. Ese silencio que solo aparece cuando el público, por fin, se siente parte de algo verdadero.
Sir Bryn Terfel no solo dio un concierto en su primera vez en México. Contó una historia. De poder, de fe, de miedo, de ternura. Y, como buen violinista sobre el tejado, nunca perdió el equilibrio.