Sinfónica de Minería

Mozart, perfección y alegría

Acercamientos a la música
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“Mozart, perfección y alegría”

Por HRJ

 

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) es perfección y alegría. En su música todo fluye y chispea. Incluso en los momentos más sombríos (pensemos en su Réquiem), al fondo late una suavidad esperanzadora. Ópera, sinfonía, sonata o cuarteto para cuerdas… Mozart abordó con éxito todos los géneros. En su arte, enmarcada en el Clasicismo, destacan tanto perfección técnica como un ingenio desbordante.   

Durante el séptimo programa de la Temporada de verano 2022 (agosto 13 y 14)  la Orquesta Sinfónica de Minería interpretará el Concierto para piano núm. 25 en do mayor, K. 503 (1786), de Mozart bajo la batuta de Carlos Miguel Prieto y la participación solista de Anne-Marie McDermott. 

“¿Qué debo saber sobre el Concierto para piano núm. 25 de Mozart?”

Durante el siglo XIX, el Concierto para piano núm. 25 de Mozart se consideró frío y aburrido. Y es que desde oídos románticos, ávidos de emociones desbordadas, la moderación expresiva de esta obra resultaba poco atrayente. Sin embargo, esta moderación comenzó a ser atractiva en el siglo XX, cuya apertura hacia distintas estéticas provocó que directores e intérpretes rescataran el Concierto para piano núm. 25 de Mozart.

Sobre el Concierto para piano núm. 25 de Mozart (escrito en 1786, mismo año en que escribió sus dos conciertos para piano anteriores, 23 y 24, así como las óperas Las bodas de Fígaro y El empresario), Juan Arturo Brennan señala.  

“El brillante inicio del primer movimiento de este concierto lo coloca en el grupo de conciertos que algunos musicólogos han calificado como conciertos militares; considerando el carácter de Mozart y su música, yo prefiero llamarles conciertos marciales. En efecto, además del majestuoso inicio de la obra, más adelante se puede encontrar un delicado tema de marcha que Mozart alterna hábilmente entre el modo mayor y el menor para volver más tarde al ámbito marcial del inicio. Después, como de costumbre en Mozart, lo marcial da paso a la delicadeza del movimiento central y a un tercer movimiento lúdico y optimista. Este es un esquema que Mozart manejó invariablemente a lo largo de su producción de conciertos, y en cada obra lo supo colorear con el sello de lo nuevo, de lo absolutamente individual”. 

 

“¿Quién interpretará el Concierto para piano núm. 25 de Mozart con la Orquesta Sinfónica de Minería?”

La pianista estadounidense Anne-Marie McDermott, quien estudió en la Manhattan School of Music con Dalmo Carra, Constance Keene y John Browning. 

 Se ha presentado como solista con importantes orquestas de Estados Unidos (Filarmónica de Nueva York, Sinfónica de Dallas, Sinfónica de Atlanta, Sinfónica de San Diego, Sinfónica de Houston y Sinfónica de Buffalo) y sus recitales incluyen presentaciones en foros como el Alice Tully Hall, Town Hall y Schubert Club. 

De su discografía • que comprende 11 álbumes • destacan las sonatas para piano de Sergei Prokófiev (Bridge, 2009), dos volúmenes con las sonatas para piano de Joseph Haydn (Bridge, 2014 y 2018) y las obras completas para piano y orquesta de George Gershwin con la Sinfónica de Dallas bajo la dirección de Justin Brown (Bridge, 2008). 

Junto con la violinista Ida Kavafian, el violista Steven Tenenbom y el chelista Peter Wiley conforma el cuarteto Opus One. 

Es directora artística de los festivales Vail Valley (Colorado), Ocean Reef Chamber Music (Florida) y Avila Chamber Music Celebration (Curacao). 

“¿Es cierto que Mozart compuso el Réquiem para su propia muerte?”

Hacia la mitad de 1791, Mozart había tocado fondo. A pesar de tener un trabajo fijo de mediana categoría como compositor de la cámara imperial y real de Leopoldo II (también era maestro de capilla adjunto de la catedral de San Esteban, pero no recibía sueldo por sus labores) y haber recibido la comisión de una ópera (La flauta mágica, por parte de Emanuel Schikaneder, director del teatro vienés Widen), estaba ahogado en deudas y continuamente se veía orillado a pedirle dinero, por medio de penosas cartas, a su amigo masón Michaël Puchberg, quien cada vez lo apoyaba menos. 

Además, a principios de julio, su esposa Constanze regresó a Viena –había permanecido durante varios meses en los spas de Baden por motivos de salud– para tener a su sexto hijo, Franz Xaver Wolfgang Amadeus, quien nació el 28 de ese mes y, junto con Karl (entonces de seis años), fue el único que sobrevivió a la lactancia. 

Una de las noches posteriores al parto de Constanze, un mensajero, que presumiblemente llevaba el rostro cubierto, le entregó a Mozart una misiva anónima donde se le proponía componer una misa de muertos al precio que él estableciera con la condición de que nunca intentase descubrir la identidad del comitente. Dada su desesperada situación, Mozart aceptó, pero no pudo comenzar a trabajar inmediatamente en el encargo debido a una nueva comisión de carácter urgente: 

El Teatro Nacional de Praga le ofreció 200 ducados por componer música al librero La clemenza de Tito de Metastasio, con motivo de la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia, que tendría lugar el 6 de septiembre. “Pálido y entristecido”, en palabras de Constanze, Mozart viajó a Praga a principios de agosto y terminó a tiempo la ópera, que fue recibida con frialdad por una aristocracia de gustos italianizantes comandada por la emperatriz María Luisa de Borbón. 

De regreso a Viena en la segunda semana de septiembre, Mozart trabajó febrilmente en La flauta mágica, que terminó un día antes de su estreno, acontecido el 30 en el teatro Schikaneder; la ópera, para sorpresa de su autor, fue recibida favorablemente por el público vienés, éxito que se tradujo en varias representaciones más, todas igualmente celebradas. 

A principios de octubre terminó su Concierto para clarinete KV 622 y sólo entonces se ocupó de la composición del Réquiem.

Hoy se puede asegurar con toda certeza que el mensajero era un enviado del conde Franz von Walsegg zu Stuppach, un diletante excéntrico y músico aficionado que tenía la costumbre de encargar obras a grandes compositores para hacerlas pasar como suyas ante los invitados de sus fiestas privadas. En el caso específico del Réquiem, lo solicitó con motivo del primer aniversario luctuoso de su esposa, fallecida el 14 de enero de 1791. 

Sin embargo, la enfermedad de Mozart (probablemente una fiebre reumática)  se agravaba, y la seguridad de haber sido envenenado se volvía más poderosa. En una de las páginas del diario de Mary Novello, amiga íntima de Constanze y usual invitada en la casa de la pareja Mozart, puede leerse: “Cada que Mozart enfrentaba una página del Réquiem, el  delirio de haber sido envenenado se acrecentaba, al grado que aseguró tener claro que le habían suministrado acqua toffana  (un veneno de efecto retardado); Constanze, hondamente preocupada, le pedía anhelante que dejara esa obra de lado y se distrajera con otra cosa”. 

La distracción le llegó por medio de su compañero de logia Emanuel Schinkaneder (el mismo que le encargó La flauta mágica), quien le pidió música para un texto suyo, Da Lob der Freundschafti (Elogio de la amistad), donde exalta los valores masónicos. El resultado fue una chispeante cantata escrita en tres días  conocida como Pequeña cantata masónica; es la última obra completa de Mozart. 

Hacia el 28 de noviembre, Mozart estaba seguro de que moriría sin poder concluir el Réquiem: estaba imposibilitado para escribir (tenía las manos hinchadas y una ligera parálisis general, síntomas propios de una dolencia de tipo renal); entonces llamó a su alumno y amigo Franz Xaver Sûssmayr (quien había escrito los recitativos de la Clemencia de Tito) y le explicó detalladamente cómo debía concluir la partitura. 

Mozart murió el 5 de diciembre de 1791 a la una de la madrugada a los 35 años sin que ningún clérigo haya querido visitarlo. El 6 de diciembre, tras un breve servicio religioso en la catedral de San Estaba, un cortejo de tercera clase se dirigió hacia el cementerio de Saint-Marx donde enterraron el cuerpo, amortajado y sin féretro, en la fosa común. 

Para cumplir con el encargo del conde Franz von Walsegg zu Stuppach y cobrar el resto de la suma estipulada, Constanze apresuró a Sûssmayer para que concluyera el Réquiem. Contrario a lo que suele creerse, la obra no se tocó durante los funerales de Mozart; su primera audición se llevó a cabo el 2 de enero de 1793 en un concierto privado que organizó el barón Von Swieten. Por su parte, el conde Franz von Walsegg zu Stuppach hizo una copia  de la partitura y la firmó como suya, dirigiéndola él mismo en la parroquia de Wiener Neustad el 14 de diciembre de 1793. 

  

“…como la muerte es el verdadero término de nuestra vida, me siento, desde hace unos años, de tal manera familiarizado con esta verdadera y excelente amiga del hombre que su rostro no tiene ya nada de espantoso para mí; no sólo eso, ¡sino que me resulta muy tranquilizador y consolador! Y doy gracias a Dios por haberme concedido la dicha de tener ocasión de aprender a conocer a la muerte como la llave de nuestra verdadera felicidad. No me acuesto nunca sin pensar que quizá, por joven que sea, al día siguiente ya no estaré aquí. Sin embargo, ninguno de los que me conocen podrá decir que fui malhumorado o triste en mi trato. Y por esa felicidad doy gracias y se la deseo de todo corazón a cada uno de mis semejante” 

Fragmento de una carta que Mozart escribió a su padre, Leopold, a principios de 1787. 

 

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