Hay música que encierra recuerdos con una precisión desconcertante. Basta escuchar unos cuantos compases para recuperar una voz, una sobremesa familiar o la manera en que alguien seguía el ritmo con los dedos. Podemos olvidar las palabras de una conversación y recordar, años después, la música exacta que sonaba aquel día.
Quizá por eso la música ocupa un lugar tan especial en nuestra relación con quienes han muerto. Cada año, durante las celebraciones del Día de Muertos, las familias preparan ofrendas, recuperan objetos y comparten historias.
En distintas regiones de México, los sonidos también forman parte de ese encuentro: acompañan danzas, marcan momentos ceremoniales y expresan la alegría o la solemnidad del recuerdo.
Una misma celebración puede reunir emociones que parecen opuestas. La ausencia provoca tristeza, pero la memoria también despierta gratitud, afecto y alegría por la vida compartida.
¿De dónde viene esa relación entre la música y nuestros muertos? Para comprenderla, vale la pena escuchar algunas de las tradiciones que mantienen vivo este diálogo entrañable.
¿Por qué hay música en el Día de Muertos?
En las celebraciones mexicanas del Día de Muertos, recordar constituye una experiencia íntima y comunitaria. Las familias preparan alimentos, colocan fotografías, encienden velas y disponen flores para honrar a sus difuntos. Cada objeto adquiere un significado particular, de acuerdo con la historia familiar y las costumbres de su comunidad.
Estas prácticas tienen raíces históricas diversas. La UNESCO reconoce las fiestas indígenas dedicadas a los muertos como parte del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Su descripción destaca el encuentro simbólico entre los vivos y sus antepasados, así como la importancia de estas celebraciones para la identidad y la cohesión de las comunidades.
La música participa de esa relación de distintas maneras. En ciertas tradiciones acompaña las ofrendas; en otras, las danzas y ceremonias que forman parte del recibimiento o la despedida de los difuntos. Su significado depende del momento, del repertorio y de las personas que lo interpretan.
Esta diversidad explica por qué el Día de Muertos tiene tantas expresiones sonoras. Una misma intención, recordar a quienes han partido, adquiere formas diferentes según las creencias, la historia y la sensibilidad de cada región.
Para descubrir una de ellas, podemos dirigir el oído hacia la Huasteca, donde la música ocupa un lugar fundamental en el Xantolo.
Los sonidos del Xantolo: cuando la memoria también se baila
En la región huasteca, que comprende territorios de varios estados mexicanos, el Día de Muertos recibe el nombre de Xantolo. Sus celebraciones reúnen altares, ofrendas, danzas y repertorios musicales que expresan las tradiciones de las comunidades.
Uno de sus elementos más representativos son las comparsas de danzantes que recorren calles y plazas al ritmo de conjuntos tradicionales. El Instituto Nacional de Antropología e Historia documenta la presencia de personajes enmascarados que representan viejos, calaveras y otras figuras relacionadas con la muerte.
Las máscaras cumplen funciones simbólicas dentro de la celebración. En algunas comunidades permiten adoptar la identidad de personajes asociados con los antepasados, mientras que otras interpretaciones las relacionan con la protección de los danzantes frente a la muerte. El artículo Máscaras de Xantolo: el rostro con el que los muertos regresan a la Huasteca profundiza en sus significados, los personajes de las comparsas y los rituales que acompañan su elaboración y uso.
La música aporta ritmo y estructura a estas representaciones. Cada tema acompaña los movimientos de los danzantes y participa en una experiencia que reúne a músicos, artesanos, familias y espectadores.
Podemos acercarnos a ese universo sonoro a través del archivo de música tradicional de Día de Muertos de la Fonoteca Nacional, que conserva grabaciones de comunidades nahuas, tének, totonacas y mestizas.
Una de ellas es Cuanegros, interpretada por Venancio Hernández Torres en el violín y Emilio Bautista Torres en la huapanguera, una guitarra de cuerpo amplio característica de la música huasteca. La grabación procede de Tecacahuaco, Hidalgo, y data de 2003.
En el mismo archivo encontramos Cuicat para Xantoloj, con Pedro Pablo Hernández Hernández en el arpa y Santos Juan Hernández Hernández en la jarana. Esta interpretación, registrada también en Hidalgo, muestra otra combinación instrumental vinculada con las celebraciones.
Cada grabación conserva una parte de la historia musical de sus comunidades. Nos permite conocer a sus intérpretes, los instrumentos que utilizan y los repertorios que forman parte de su vida cultural.
Un ejemplo especialmente revelador aparece en los vinuetes, sones asociados con determinados rituales de la Huasteca. La etnomusicóloga Lizette Alegre González, en su investigación sobre las prácticas musicales del Xantolo en la comunidad nahua de Chilocuil, San Luis Potosí, documenta piezas cuyos nombres indican su función ceremonial.
Entre ellas figuran La llegada y La despedida. Según el estudio, estos sones marcan momentos del recibimiento y el adiós simbólico a los difuntos.
Sus nombres revelan una relación profunda entre música y ritual: cada interpretación tiene un lugar dentro de la ceremonia y adquiere sentido a través de las acciones que acompaña.
Así, el Xantolo nos permite reconocer una forma de memoria colectiva que pasa de una generación a otra mediante sonidos, movimientos y costumbres. Los músicos conservan repertorios, las familias participan en las ceremonias y cada generación encuentra en ellas una parte de su historia.
Esa capacidad de mantener presente el pasado también pertenece a nuestra experiencia más íntima con la música.
La música que nos devuelve, por un instante, a quienes ya no están
En la Sinfónica de Minería hemos explorado esta relación mística a través de nuestra selección de música para ofrendar amores ausentes, que reúne composiciones de diferentes épocas y tradiciones para acercarnos a las emociones que despiertan la pérdida y el recuerdo.
Esa capacidad de la música para expresar experiencias humanas también ha inspirado a numerosos compositores. A través de sus obras, el duelo, la memoria y las distintas concepciones de la muerte adquieren formas que podemos escuchar, interpretar y compartir.
Entre las voces mexicanas contemporáneas que han explorado este universo destaca Gabriela Ortiz.
Gabriela Ortiz y Altar de muertos: las distintas voces de la muerteAltar de muertos: las distintas voces de la muerte
En 1997, la compositora mexicana Gabriela Ortiz escribió Altar de muertos, una obra para cuarteto de cuerdas inspirada en las celebraciones mexicanas dedicadas a los difuntos.
Su propuesta parte de un territorio profundamente arraigado en nuestra cultura: la convivencia entre distintas concepciones de la muerte, desde las tradiciones de origen indígena hasta las expresiones que surgieron del encuentro entre culturas.
Ortiz convierte esa diversidad en una experiencia sonora de aproximadamente 38 minutos. En la partitura, los cuatro instrumentos de cuerda adquieren funciones expresivas distintas y sus intérpretes también incorporan percusiones.
De acuerdo con las notas de la propia compositora publicadas por Boosey & Hawkes, la obra se divide en cuatro partes que exploran diferentes estados de ánimo, tradiciones e imágenes espirituales relacionadas con la muerte en México.
Ofrenda: cuatro voces para un mismo altar
El primer movimiento imagina la visita de cuatro espíritus a una ofrenda.
Cada uno expresa su propio canto, como si conservara una identidad musical particular. Hacia el final, las voces confluyen en una sola expresión colectiva que la compositora relaciona con el cierre de una procesión funeraria.
La música propone así una imagen de encuentro. Cuatro presencias individuales comparten un mismo espacio sonoro.
Mictlán: el movimiento continuo de la existencia
La segunda parte toma como referencia el Mictlán y una concepción cíclica de la muerte que Ortiz explora desde su perspectiva artística.
La compositora desarrolla una música ritual de movimiento continuo, cuyos puntos de inicio y final se entrelazan. Este recurso convierte la idea del ciclo en una experiencia que podemos percibir a través del sonido.
La tensión musical expresa el tránsito entre fuerzas opuestas, como la noche y el día, que forman parte de la visión simbólica de la obra.
Danza macabra: las imágenes de lo desconocido
El tercer movimiento se inspira en representaciones de la muerte vinculadas con la tradición europea y su encuentro con las culturas mesoamericanas.
Ortiz imagina un universo de figuras cambiantes y escenas fantásticas. La música explora las tensiones que producen estas imágenes y sus contrastes expresivos.
Aquí, el cuarteto de cuerdas adquiere una función casi teatral: los instrumentos construyen un ambiente donde la imaginación encuentra nuevas formas de representar aquello que permanece fuera de nuestra experiencia cotidiana.
La Calaca: la vitalidad del recuerdo
La última parte reúne algunos de los contrastes más reconocibles de la relación mexicana con la muerte: lo sagrado y lo profano, la alegría y la tristeza, la vida y su final.
La compositora propone un movimiento lleno de energía y fuerza expresiva. Hacia el cierre incorpora una melodía de origen wixárika que conoció a través del canto de la Familia de la Cruz, según explica en sus notas.
Esta decisión enlaza su lenguaje contemporáneo con una referencia musical de profunda raíz ceremonial.
Los altares de Gabriela Ortiz
Altar de muertos ofrece una experiencia especialmente interesante porque cada movimiento plantea una manera distinta de imaginar la muerte. La obra pertenece, además, a una serie de composiciones en las que Ortiz explora diferentes imágenes y elementos a través de la música.
En la Temporada de verano 2026 de la Sinfónica de Minería presentamos Altar de viento, otra de las creaciones de Gabriela Ortiz, en la que la flauta transforma el aire y sus movimientos en una experiencia musical.
La música que permanece
En la Huasteca, los sones forman parte de tradiciones que pasan de una generación a otra. En las composiciones de Gabriela Ortiz, las ideas sobre la muerte adquieren nuevos significados a través de las cuerdas y la percusión. En nuestros recuerdos personales, una canción puede conservar algo de quienes hemos amado.
Tal vez por eso seguimos eligiendo música para celebrar nuestros muertos: porque cada vez que volvemos a escucharla, encontramos una nueva manera de recordar la vida que compartimos.
Una invitación para recordar a través de la música
Este 2 de noviembre de 2026, a las 18:00 h, la Orquesta de Cámara de la Sinfónica de Minería presentará Remembranzas Musicales, un concierto especial de Día de Muertos en el Museo Casa del Risco, en San Ángel.
El programa reúne obras de Chopin, Mozart, Rajmáninov, Eric Clapton y Macedonio Alcalá, entre otros compositores, para compartir una experiencia dedicada a la memoria de quienes siguen presentes en nuestros afectos.
Conoce el programa y acompáñanos.