La final del Mundial de Italia 1990 se jugó el 8 de julio en Roma. Alemania Occidental derrotó a Argentina en el Estadio Olímpico. La noche anterior, el primer concierto de los Tres Tenores convirtió las famosas Termas de Caracalla en el escenario musical más visto de ese año. Mientras los futbolistas descansaban en sus concentraciones, José Carreras, Plácido Domingo y Luciano Pavarotti cantaron frente a las ruinas del siglo III bajo la dirección de Zubin Mehta.
Este escenario encerraba un profundo significado:. las Termas, construidas en el siglo III, han sido durante décadas uno de los espacios de verano de la Ópera de Roma. Esa noche reunieron a los tres tenores junto a dos orquestas: la del Maggio Musicale Fiorentino y la del Teatro dell’Opera di Roma.
En pocas horas, la ópera quedó asociada a una de las audiencias más grandes del mundo: la del fútbol. Esta histórica presentación cambiaría la relación entre la música clásica, la televisión y el público masivo. No sólo eso: el disco del concierto se convertiría en la grabación clásica más vendida de la historia.
¿Quién tuvo la idea de llevar a Los Tres Tenores al Mundial?
La idea fue del productor italiano Mario Dradi. El concierto tenía un propósito concreto: recaudar fondos para la Fundación Internacional Josep Carreras contra la Leucemia. También tenía un sentido personal. Domingo y Pavarotti querían acompañar el regreso de Carreras a los escenarios.
Carreras había sido diagnosticado con leucemia en 1987. Su enfermedad lo obligó a detener una carrera que estaba en plena madurez. Su recuperación hizo que esa noche tuviera una carga emocional distinta. El público no sólo escuchaba a tres figuras de la ópera. También presenciaba el regreso de un cantante que había estado cerca de morir.
Tres voces, tres tenores, tres formas de cantar
A pesar de compartir una misma tesitura, cada uno de los tres tenores representaba una manera distinta de entender la voz, el repertorio y la presencia escénica.
José Carreras tenía un tenor lírico de timbre cálido y fraseo directo. Su canto estaba más cerca de la intimidad que del gesto monumental. En Roma interpretó, entre otras piezas, «Granada» de Agustín Lara. Ese detalle abre una conexión importante con México: la canción no venía de la tradición operística italiana sino del repertorio latinoamericano, y Carreras la incorporó a una noche marcada por Puccini, Verdi, la canción napolitana y el repertorio popular internacional.
Plácido Domingo representaba otra escuela vocal. Su voz era más oscura y dramática, y también era el más versátil de los tres: su carrera abarcó un repertorio muy amplio, desde Verdi y Puccini hasta Wagner y la zarzuela. Su vínculo con México fue decisivo. Llegó a la Ciudad de México siendo niño, estudió en el Conservatorio Nacional, trabajó con la compañía de zarzuela de sus padres y comenzó aquí una parte fundamental de su vida artística. En Caracalla cantó «No puede ser» de La tabernera del puerto y «E lucevan le stelle» de Tosca. En ambos casos mostró una de sus principales virtudes: construir inolvidables personajes.
Luciano Pavarotti era el más reconocible para el gran público. Su voz tenía brillo, potencia y una proyección excepcional. Ya era una celebridad antes de Caracalla, pero esa noche reforzó su lugar como el rostro más popular de la ópera de fin de siglo. Cantó «Recondita armonia» de Tosca, canciones napolitanas y «Nessun dorma» de Turandot. Esta última pieza se convirtió en el momento central del concierto.
¿Qué cantaron Los Tres Tenores en el Mundial del 90?
El repertorio fue una de las claves del éxito. El programa combinó géneros, idiomas y tradiciones para llegar a públicos distintos: arias de ópera italiana, canciones napolitanas, zarzuela española, canción latinoamericana, opereta, Broadway y canciones populares de varios países.
La mezcla fue deliberada. El concierto presentó la ópera como parte de una tradición vocal más amplia. Un espectador podía no conocer Turandot, pero reconocer «Granada». Podía no haber escuchado zarzuela, pero entender el carácter teatral de «No puede ser». Podía no distinguir entre un tenor lírico y uno dramático, pero percibir que las tres voces tenían diferentes personalidades.
El popurrí del final, arreglado por Lalo Schifrin —conocido por su trabajo en cine y televisión, con sentido claro de cómo crear continuidad donde otros sólo pondrían acumulación—, llevó esa estrategia a su punto más claro. La secuencia unía canciones como «Cielito lindo», «Caminito», «La vie en rose», «Amapola» y «O sole mio».
La fuerza de «Nessun dorma»
«Nessun dorma» pertenece al tercer acto de Turandot de Giacomo Puccini. La canta Calaf, el príncipe desconocido, antes del amanecer. La situación dramática es precisa: el personaje espera vencer, pero la victoria aún no ocurre. Por eso el aria tiene una tensión particular: es la anticipación de un triunfo consumado.
Esa cualidad la hizo perfecta para el contexto del Mundial. La BBC ya la había usado como tema de su cobertura televisiva de Italia 1990, lo que la instaló en los hogares de millones de personas antes del concierto.
Pavarotti la cantó primero como solo. Después, los tres tenores la repitieron como bis: cada uno tomó una parte y se unieron en el cierre. Ese momento fijó la pieza en la cultura popular.
A partir de entonces, «Nessun dorma» dejó de ser sólo un aria famosa dentro del repertorio operístico y se volvió una música asociada al deporte, la televisión y la idea pública de victoria. El público no necesitaba entender todo el texto en italiano para captar el efecto. La melodía avanzaba hacia una conclusión clara. La palabra final, vincerò, condensaba el mensaje.
El disco y el cambio de escala
El concierto continuó su vida como grabación. Carreras Domingo Pavarotti in Concert ganó el Grammy a la Mejor Interpretación Vocal Clásica en 1991 y vendió más de diez millones de copias.
Ese resultado modificó el mercado. Las compañías discográficas entendieron que existía un público amplio para productos clásicos presentados con una narrativa clara, una imagen reconocible y un repertorio accesible. Después de Caracalla, el llamado classical crossover ganó fuerza como categoría comercial y la música clásica empezó a dialogar con estrategias de promoción propias del pop, la televisión y los grandes espectáculos internacionales.
Los Tres Tenores: críticas que recibieron
No todo fue celebración. Muchos críticos acusaron a los Tres Tenores de simplificar la ópera y convertirla en espectáculo masivo. Se cuestionó el uso de estadios, la amplificación, el énfasis visual y la selección de fragmentos muy conocidos. También se discutió el peso comercial del proyecto.
El debate era válido. Popularizar una tradición artística siempre implica riesgos. Puede acercar nuevos públicos, pero también reducir obras complejas a sus momentos más fáciles de consumir. Puede despertar curiosidad, pero también instalar una versión superficial del repertorio. La pregunta sigue vigente: ¿acercar la ópera al público masivo traiciona su complejidad, o la mantiene viva al permitir que más personas entren en contacto con ella?
El influjo mexicano en Los Tres Tenores
Para el lector mexicano, el concierto tiene dos conexiones importantes que pocas crónicas señalan.
La primera está en «Granada». José Carreras llevó una canción de Agustín Lara a una de las noches más difundidas de la música clásica del siglo XX. Lara había escrito una España imaginada desde México, y esa canción regresó a Europa en la voz de un tenor catalán, acompañada por orquestas italianas y frente a un público internacional.
La segunda está en Plácido Domingo. Su relación con México no fue secundaria sino formativa: aquí estudió, aquí trabajó y aquí comenzó una parte decisiva de su carrera.
En ese sentido, el concierto no fue tan lejano para México como podría parecer. Entre Agustín Lara y Plácido Domingo, la noche romana también tuvo una resonancia local.
Los Tres Tenores: actualidad y legado
Vista desde hoy, la noche del 7 de julio de 1990 fue un acontecimiento artístico, una operación cultural y un fenómeno comercial. Tuvo emoción real, una producción eficaz y una lectura muy clara del momento histórico. Aprovechó el alcance del Mundial para colocar la ópera frente a un público que quizá nunca la habría buscado por iniciativa propia.
Abrió una puerta. Hizo que millones de personas escucharan una forma de canto que suele parecer distante. Recordó que la música clásica necesita circular, adaptarse y encontrar nuevos espacios sin perder su exigencia.
La víspera de la final de Italia 1990, el futbol concentró la atención del mundo. La ópera aprovechó esa atención y la transformó en escucha. Desde entonces, para millones de personas, una palabra italiana quedó unida a la memoria del triunfo: vincerò.