La Temporada de verano 2026 de la Sinfónica de Minería continúa con un programa dedicado por completo a Johannes Brahms, que reúne dos obras monumentales, tanto es sus dimensiones como en su importancia histórica: el Concierto para piano y orquesta núm. 1 en re menor y la Sinfonía núm. 1 en do menor.
Este programa se presentará el sábado 11 de julio a las 20 h en la Sala Silvestre Revueltas del Centro Cultural Ollin Yoliztli, y el domingo 12 de julio a las 17 h en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes, con Carlos Miguel Prieto, director artístico, al frente de la orquesta, y la pianista Lilya Zilberstein como solista invitada.
El Concierto para piano núm. 1 muestra a Brahms en su primera gran apuesta orquestal, mientras que la Sinfonía núm. 1 revela a un compositor que tardó más de 20 años en enfrentar la forma sinfónica. Zilberstein, por su parte, aporta fuerza, claridad y madurez a una obra de enorme exigencia. Estas son algunas claves para disfrutar más este programa.
Concierto para piano y orquesta núm. 1, de Johannes Brahms: una sinfonía con piano al centro
Brahms no pensó esta obra como un concierto desde el inicio: primero la imaginó como una sinfonía, pero esa forma lo incomodaba. Así que intentó convertirla en una sonata para dos pianos. Ninguna solución lo convenció; al final, la obra tomó forma como concierto para piano y orquesta. El resultado conserva una escala inmensa, y por eso el piano no aparece solo como instrumento de lucimiento: dialoga, discute y resiste frente a la orquesta.
Esta fue la primera gran obra orquestal de Brahms, y también una pieza difícil para su tiempo. Algunos críticos la consideraron ruidosa, árida y poco clara, y el público tampoco la recibió con facilidad. Parte de esa reacción puede explicarse por sus proporciones: Brahms escribió un concierto enorme, denso y dramático, que dura cerca de tres cuartos de hora. Su lenguaje mira hacia Beethoven, pero también hacia el mundo interior de Brahms.
Hay además una presencia importante de Robert Schumann, amigo cercano de Brahms. Algunos testimonios relacionan el primer movimiento con el intento de suicidio de Schumann en el río Rin, mientras que otros analistas ubican esa referencia en el segundo movimiento. En la partitura original, el Adagio llevaba una frase latina —Benedictus qui venit in nomine Domini, que significa “Bendito el que viene en nombre del Señor”.
La obra se compone por tres movimientos:
- Maestoso
- Adagio
- Rondó: Allegro non troppo
El Maestoso abre con una tensión amplia y poderosa. El Adagio lleva la música hacia una zona íntima y contemplativa. El Rondó final libera energía sin perder el peso dramático de la obra.
La curiosidad: Brahms estrenó la obra el 22 de enero de 1859 en Hannover, donde él mismo tocó la parte solista mientras Joseph Joachim dirigía la orquesta. Poco después, la obra se presentó en Leipzig, y esa segunda interpretación fue un fracaso: el público silbó la pieza. Brahms tenía apenas 25 años.
Lilya Zilberstein: la solista invitada
Lilya Zilberstein será la solista invitada del Programa 2. La pianista rusa ha tocado con algunas de las orquestas más importantes del mundo, incluida la Filarmónica de Berlín, la Filarmónica de Londres, la Sinfónica de Chicago, la Sinfónica de Londres, la Filarmónica de la Scala y la Orquesta Simón Bolívar, bajo la batuta de directores como Claudio Abbado, Gustavo Dudamel, Christoph Eschenbach, Paavo Berglund, John Axelrod y Antoni Witt.
Su discografía reúne 15 álbumes, entre los que destacan el Concierto para piano de Edvard Grieg con la Orquesta Sinfónica de Gotemburgo, y los conciertos para piano núm. 2 y núm. 3 de Serguéi Rajmáninov con la Filarmónica de Berlín. Zilberstein recibió el primer lugar del Concurso Pianístico Ferruccio Busoni, así como el premio a la excelencia de la Academia de Música Chigiana de Siena. Además de su trabajo como solista, es profesora en la AMC Music School e imparte clases magistrales en festivales internacionales.
Sinfonía núm. 1, de Johannes Brahms: escribir bajo la sombra de Beethoven
La segunda parte del programa estará dedicada a la Sinfonía núm. 1 en do menor, Op. 68, una de las grandes obsesiones de Brahms. El compositor empezó a trabajar en ella hacia 1855, y pasaron más de 20 años antes de que la terminara.
Brahms sabía lo que el público esperaba de él: muchos lo veían como el heredero natural de Beethoven, y esa expectativa pesaba sobre su trabajo. En una carta al director Hermann Levi, Brahms escribió: “No sabe usted lo que es vivir bajo la sombra de ese gigante”. La frase resume el conflicto de la obra: Brahms no quería imitar a Beethoven, pero tampoco podía ignorarlo. La Sinfonía núm. 1 nació de esa tensión.
Su proceso fue largo, lento y lleno de dudas. El primer movimiento le tomó varios años, y después Brahms abandonó la obra por un tiempo, hasta volver a ella en la década de 1870. Antes de terminarla, reforzó su experiencia con la orquesta: dirigió coros y conjuntos, y compuso obras como el Réquiem alemán y las Variaciones sobre un tema de Haydn. Ese aprendizaje aparece en la Sinfonía núm. 1, que no busca el efecto fácil: su fuerza está en la concentración, y su lenguaje es claro, sobrio y compacto.
La desconfianza hacia esta obra no fue solo un rumor de la crítica especializada; quedó registrada en la prensa de la época. El Evening Transcript de Boston, en enero de 1878, escribió que la sinfonía contenía “una gran cantidad de cosas superfluas y de constantes reiteraciones”, y el Courier de la misma ciudad fue todavía más severo: la calificó de “mórbida, tensa y antinatural”, y “casi toda ella muy fea”. Otros medios, en cambio, defendieron la obra desde el principio: el Daily Advertiser de Boston la describió como “una admirable expresión de estos tiempos angustiosos e introvertidos”. La sinfonía dividía opiniones desde su primera recepción internacional.
La obra se estrenó el 4 de noviembre de 1876 en Karlsruhe, bajo la dirección de Felix Otto Dessoff. Después, Hans von Bülow la llamó “la Décima de Beethoven”, una comparación que a Brahms no le gustó. Y tenía razón en incomodarse, porque la Sinfonía núm. 1 no es una continuación de Beethoven, sino la respuesta de Brahms a una tradición musical enorme. Es una de las paradojas de von Bülow: el mismo director que asoció la sinfonía con Beethoven también resumió su devoción por Brahms con una frase que se volvería célebre: “Creo en Bach el Padre, en Beethoven el Hijo y en Brahms el Espíritu Santo de la Música”.
La obra tiene cuatro movimientos:
- Un poco sostenuto – Allegro
- Andante sostenuto
- Un poco allegretto e grazioso
- Adagio – Più andante – Allegro non troppo ma con brio
El primer movimiento abre con gravedad, y la música avanza con tensión, peso y sentido trágico. El segundo movimiento ofrece un espacio más lírico, cuya intensidad no depende del volumen sino de la profundidad expresiva. El tercer movimiento aporta gracia y respiro: no es un scherzo violento, sino una pausa elegante dentro de una obra de gran escala.El cuarto movimiento lleva la sinfonía hacia una afirmación poderosa. La música parece pasar de la oscuridad a una luz más amplia, pero ese camino no es simple: Brahms no ofrece una victoria fácil, sino una conquista interior.
Después de esta sinfonía, Brahms perdió el miedo a la forma sinfónica, y sus otras tres sinfonías llegaron con mucha más rapidez. La Segunda se estrenó en 1877, la Tercera en 1883 y la Cuarta en 1885.
Brahms: duda, fuerza y afirmación sinfónica
Ven a escuchar en un mismo concierto el ímpetu del joven de veinticinco años que desafió a su época con el Concierto para piano núm. 1, y la imponente madurez del genio que logró vencer la sombra de Beethoven con su Sinfonía núm. 1.
Te esperamos este fin de semana en el Programa 2 de nuestra Temporada de verano 2026 para presenciar a un Brahms monumental.