La Temporada de verano 2026 de la Sinfónica de Minería llega a su tercer programa con una pregunta común a las tres obras: ¿qué pasa cuando la música decide retratar algo que está más allá de ella misma?
El Capricho italiano de Chaikovski convierte una ciudad en sonido. Altar de viento de Gabriela Ortiz transforma un elemento invisible en arquitectura musical. Las Variaciones Enigma de Elgar convierten a personas reales en retratos orquestales y esconden, además, un tema que nadie ha podido descifrar.
Este Programa 3 se presentará el sábado 18 de julio a las 20 h y el domingo 19 de julio a las 12 h, en la Sala Silvestre Revueltas del Centro Cultural Ollin Yoliztli. Giancarlo Guerrero dirigirá como director huésped, y Alejandro Escuer será el solista invitado en Altar de viento. Estas son algunas claves para disfrutar más cada momento del programa.
Capricho italiano, de Piotr Ilich Chaikovski: cuando Roma se convirtió en música
A finales de 1879, Chaikovski viajó a Roma y se hospedó en el Hotel Costanzi. Desde ahí escuchaba las fanfarrias que llegaban de unas barracas militares cercanas, las melodías que sonaban en las calles y los ritmos de danza que habitaban el ambiente de la ciudad. De esa experiencia inmediata nació el Capricho italiano, compuesto entre el 16 de enero y el 27 de mayo de 1880.
El propio Chaikovski explicó el carácter de la obra en una carta a su benefactora, Nadezhda von Meck: “Gracias a los encantadores temas, algunos de los cuales he tomado de colecciones folklóricas, mientras que otros los he escuchado en las calles, esta obra va a ser muy efectiva”. El capricho es una forma libre, y en este caso bien puede escucharse también como una rapsodia: una pieza construida sobre temas y motivos de corte nacional que se suceden con naturalidad.
La obra abre con una fanfarria amplia y solemne a cargo de las trompetas, retomada de inmediato por toda la sección de metales. Las cuerdas responden con una larga melodía solemne, acentuada por los metales y luego por las maderas, que lleva a un primer clímax. Después, la música cambia de carácter: aparece una sección con aire de danza popular en compás de tres tiempos, protagonizada por pares de alientos, seguida de un episodio lírico con pandero. Más adelante, el saltarello final acelera la música hacia un cierre brillante y marcial, con una imitación de gaita pastoral a cargo de los alientos que da a la obra uno de sus momentos más coloridos.
Capricho italiano se estrenó en Moscú el 18 de diciembre de 1880. Chaikovski también dejó huella de su viaje en otro documento inesperado: una carta al gerente del Hotel Costanzi, en la que le recordaba, con cierta ironía, que él siempre pagaba su cena aunque no la consumiera.
Altar de viento, de Gabriela Ortiz: la flauta como respiración del mundo
Gabriela Ortiz es una de las personas compositoras más reconocidas del mundo, y Altar de viento pertenece a una serie de obras que lleva años construyendo: altares musicales dedicados a distintos elementos o imágenes. Antes del viento vino el neón, los muertos, la piedra, el fuego y la luz; después, llegarían la cuerda y el bronce. Cada altar parte de una motivación diferente, y el de viento, según la propia Ortiz, nació del “imaginario poético y su relación con el viento y el sonido”.
La imagen central de la obra está en una equivalencia: el viento y el sonido comparten una misma naturaleza. Ambos se escuchan y se sienten, pero no se ven; ambos son depositarios del misterio y de la fuerza invisible. Y la flauta, uno de los instrumentos más antiguos de la humanidad, convierte literalmente el aire en música: el flautista sopla, la columna de aire vibra dentro del instrumento y el sonido aparece. Como lo resume Ortiz en su nota sobre la obra: “Para Alejandro (en referencia al flautista Alejandro Escuer, a quien dedicó la parte solista), su instrumento en realidad no es la flauta, sino el viento”.
El concierto tiene cuatro movimientos que funcionan en dos pares contrastantes. Luz eólica, el primero, y Viento nocturno, el tercero, se inspiran en dos haikus del poeta japonés Matsuo Basho: “A la intemperie / se va filtrando el viento / hasta mi alma” y “Se ha escondido / en el bosque de bambú / el viento de invierno”. Estos movimientos tienen un carácter más contemplativo e íntimo. Geometría del aire, el segundo, y Tornado, el cuarto, parten de ideas musicales más concretas y exploran un diálogo de mayor virtuosismo y fuerza rítmica entre el solista y la orquesta.
Un detalle instrumental: en los movimientos primero, segundo y cuarto, Escuer toca la flauta en do estándar, pero en el tercer movimiento, Viento nocturno, la compositora pide la flauta en sol y, opcionalmente, la flauta contralto. Ese cambio de instrumento es también un cambio de color: una voz más grave, más oscura, que corresponde al carácter nocturno del haiku de Basho.
Altar de viento se estrenó el 29 de noviembre de 2015 con Alejandro Escuer como solista y la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la dirección de Juan Carlos Lomónaco.
Alejandro Escuer, solista
Alejandro Escuer es flautista, compositor, improvisador y artista multidisciplinario mexicano, y una figura central de la música contemporánea. The New York Times lo describió como un artista “gratificante, seductor e imaginativo (…) que evoca instrumentos latinoamericanos con un efecto notable”.
Es fundador de ÓNIX Ensemble y del proyecto Lumínico, y a lo largo de su carrera ha recibido más de 150 estrenos dedicados a él. Su proyecto Flauta y orquesta XXI ha estrenado once conciertos de compositores como Arturo Márquez, Gabriela Ortiz, Enrico Chapela, David Dzubay y Eric Nathan, junto a orquestas de América Latina y Estados Unidos. Su discografía suma más de treinta álbumes para Urtext Digital Classics/Naxos, con obras para flauta sola, electrónica, multimedia y formatos electroacústicos e inmersivos.
Entre sus reconocimientos destacan los apoyos FONCA-Fundación Rockefeller-BBVA, el National Association of Latino Arts and Cultures Award, dos nominaciones al Grammy Latino y su ingreso al Sistema Nacional de Creadores de Arte.
Variaciones Enigma, de Edward Elgar: retratos, criptografía y un misterio sin resolver
Edward Elgar tenía una afición poco conocida: la criptografía. No era un experto ni un profesional, pero disfrutaba los mensajes cifrados, los juegos de palabras y los códigos secretos. Esa afición está en el origen de las Variaciones Enigma, su obra más famosa, estrenada en Londres el 19 de junio de 1899.
El enigma de la obra es, en realidad, doble. El primero fue revelado después de la muerte del compositor en 1934: las 14 variaciones son retratos musicales de personas cercanas a Elgar, y sus identidades permanecieron ocultas mientras él vivió. El segundo enigma sigue sin solución: Elgar declaró que el verdadero misterio estaba en la inclusión de otro tema oculto, insinuado como contrasujeto en todas las variaciones, pero nunca presentado de manera explícita. Melómanos, musicólogos y aficionados llevan más de un siglo buscándolo. La hipótesis más sólida apunta a “Auld Lang Syne”, la antigua canción escocesa, pero nadie lo ha podido confirmar.
Los personajes retratados ofrecen una pequeña galería de la vida de Elgar. Su esposa Caroline Alice abre la serie en una variación lírica y cálida que la describe con exactitud. August Jaeger, en la variación IX, conocida como Nimrod, recibe el retrato más noble y emotivo de toda la obra: la alusión a la Sonata Patética de Beethoven que aparece ahí se debe, según el propio Elgar, al recuerdo de una noche de verano en que Jaeger habló con elocuencia sobre Beethoven y sus movimientos lentos.
La variación X retrata a Dora Penny, amiga del compositor que solía hablar de manera dubitativa y llena de pausas; esa cualidad está transcrita directamente en la música. La variación XI incluye al perro Dan, del organista George Robinson Sinclair, que corre por la ribera del río Wye y cae al agua, uno de los retratos más anecdóticos y más queridos de la obra.
Y la última variación, XIV, es el autorretrato del propio Elgar: Edu, el nombre familiar que usaba su esposa, cierra la obra con un finale triunfal que describe sus luchas e ideales.
La dedicatoria de la partitura dice, con sencillez: “A mis amigos aquí retratados”.
Giancarlo Guerrero, director huésped
Giancarlo Guerrero es una de las figuras de referencia de la dirección orquestal internacional, con seis premios Grammy en su trayectoria. Chicago Tribune destacó su “creatividad tanto en la selección del repertorio como en su interpretación”, mientras que BBC Music Magazine ha señalado la intensidad y fuerza cautivadora que logra con sus orquestas.
Al frente de la Nashville Symphony, agrupación de la que es director musical laureado, Guerrero encargó y estrenó cerca de dos docenas de obras de compositores como Béla Fleck, Ben Folds, Jennifer Higdon, Hannibal Lokumbe y Terry Riley, además de realizar veintiuna grabaciones.
En 2025 inició su etapa como director artístico y director principal del Grant Park Music Festival en Chicago, y en la temporada 2025-26 asumió como director musical de la Sarasota Orchestra.
El sonido de Roma, la respiración del viento, el misterio de los retratos
El sábado 18 y el domingo 19 de julio, la Sinfónica de Minería presenta un programa donde la música sale de sí misma para capturar algo exterior: una ciudad, un elemento invisible, un círculo de amigos y un secreto que lleva más de cien años sin respuesta.
Con Giancarlo Guerrero en la dirección y Alejandro Escuer como solista invitado, el Programa 3 de la Temporada de verano 2026 abre tres puertas a la imaginación orquestal: el viaje de Chaikovski a Roma, el viento convertido en música por Ortiz y Escuer, y el enigma que Elgar se llevó consigo.
Te esperamos el sábado 18 y domingo 19 de julio para descubrir cómo una ciudad, el viento y un secreto centenario construyen un concierto sinfónico inolvidable.